Un grupo de alumnos de una universidad no se anduvo con chiquitas y logró construir, nada más y nada menos, que un avión. El proyecto fue ideado por un grupo de profesores del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) que buscó que sus estudiantes aplicaran lo que aprenden todos los días en el aula y lo llevaran, esta vez, al aire. El trabajo les llevó cinco años y 2.500 piezas en las que tuvieron que aplicar todo lo estudiado en mecánica de fluidos, en métodos numéricos, diseño mecánico o en resistencia de materiales. El resultado fue un avión liviano con diseño rioplatense: el Petrel 9121, de marca propia –Aeroitba– y certificado oficial de la misma Dirección Nacional de Aeronavegabilidad (DNA).
“Se trata de la primera vez en la historia de la Argentina que tenemos una nave ciento por ciento de industria local: diseñada, calculada, desarrollada, ensayada y certificada en el país”, dice Cecilia Smoglie, directora
del Departamento de Ingeniería Mecánica e Ingeniería Naval del ITBA. La profesora reconoce que la nave es única en su categoría porque cuesta la mitad que cualquier otra, oscila en unas cinco horas de autonomía de vuelo y la hora de viaje vale un tercio que cualquier otra aeronave del mercado. La idea surgió gracias al éxito
que tuvo una experiencia previa –el automóvil Minibaja– y que provocó que en 2002 un grupo de profesores pusiera en marcha un equipo de 35 alumnos de carreras de ingeniería mecánica, industrial, electrónica y petróleo para que, finalmente, dieran forma al avión biplaza para uso deportivo y de instrucción. Lo bautizaron Petrel, por el pájaro de la Patagonia.
Pero no todo fue color de rosa: para construir el avión hizo falta ayuda y, sobre todo, plata. La obtuvieron a partir del aporte de un grupo de empresarios, ingenieros y pilotos que vieron que el proyecto tenía salida en el mercado internacional y se convirtieron en el motor principal de la movida: no sólo con apoyo económico
y técnico, hubo también empuje para la creación bajo la batuta del ingeniero aeronáutico Ernesto Acerbo. Ahora, el plan es producir, comercializar, vender y exportar el Petrel directo al mundo. “Trabajé en el proyecto
entre el 3º y 4º año de la carrera. Me interesó porque era bueno para aplicar los conocimientos fuera del aula”, dice Francisco García Goya, 22 años, en quinto año de ingeniería mecánica, que dedicó sus ratos libres al avión
y ahora planea una especialización en aeronáutica luego de recibirse.
La directora sostiene que la búsqueda estuvo centralizada en que los alumnos de ingeniería mecánica y naval tuvieran una práctica académica: “Queríamos que afronten el desafío de llevar adelante cosas que funcionen,
trabajen en equipo, bajo normas, tiempos y formas específicas”. El alumno García Goya agrega: “Mi trabajo consistía en diseñar parte del avión, generar un modelo en la computadora para verificar interferencias, ver los movimientos de comandos, ergonomía y, fundamentalmente, emitir parte de la documentación técnica que se requería para la certificación oficial”. Los cinco años sirvieron para trabajar en los cálculos y el diseño de cada una de las piezas, la ingeniería de detalles, los ensayos. Después de pruebas y pruebas, recién entonces pasaron a la etapa de construcción definitiva. Los alumnos rescatan el crecimiento que representó trabajar en grupo. “El hecho de haber participado en este proyecto es una experiencia única que no quedó en los papeles y se realizó en una universidad de la Argentina. Fue una satisfacción enorme ver plasmado lo que uno había diseñado y verlo construido. Cuando finalmente el avión voló, fue increíble. Pero lo más importante que rescato es haber aprendido a trabajar en equipo”, dice García Goya. Uno de sus compañeros de proyecto, Roberto Bunge, que tiene 24 y estudió ingeniería mecánica, también reconoce: “Arranqué en el proyecto en 2º y trabajé hasta el 5º año de la carrera, realicé trabajos de documentación y luego diseñé los alerones. Después gané responsabilidad y pasé a coordinar un equipo de alumnos. En ese tiempo aprendí mucho: no sólo por la técnica, me llevé la experiencia de primera mano de haber hecho un trabajo con otros compañeros”.
Smoglie, orgullosa, responde por la avioneta azul que ahora cruza el cielo de Buenos Aires y que fue realizada por las manos de sus alumnos: “Para mí, como directora de la carrera, es un orgullo muy grande. El chico que egresa de este instituto habiendo realizado esta experiencia sale apasionado por la tecnología pero también por la Argentina”. Y remata, eufórica: “Porque nosotros no fabricamos aviones, formamos ingenieros y lo más importante es la pasión que sientan por por eso”.
Fuente: Crítica Digital
Pd: no hay imposibles pero alguien debe apoyar éstas iniciativas.