El ídolo de San Vittore:

PRINCIPIA mi historia el día 1 de marzo de 1944 en que su excelencia el general Della Rovere, íntimo amigo del mariscal Badoglio y consejero técnico del general británico Alexander, fue llevado a la prisión de San Vittore y colocado en una celda frontera a la mía. Se empeñaba el movimiento italiano subterráneo por entonces en desorganizar la corriente de reservas alemanas que marchaban al frente del Sur. Según supe, el general había sido capturado por los nazis en una provincia del Norte en momentos en que lo ponía en tierra un submarino aliado, para asumir allí las funciones de comandante de las operaciones de guerrilla. Me causó impresión el porte aristocrático del hombre. Hasta Franz, el brutal inspector germano de la prisión, se cuadró en actitud militar de atención ante él.

De todas las “fábricas de confesiones” que tenían los alemanes en Italia, la peor era la de San Vittore. Allí se llevaba a los prisioneros del movimiento secreto italiano que habían resistido el primer interrogatorio “de rutina”. Allí el comisario Mueller, de la Gestapo, y un puñado de especialistas de la SS —valiéndose de métodos celebrados en los anales de la tortura refinada—, arrancaban generalmente la información deseada hasta a los más obstinados.

Seis meses habían corrido desde el día en que me arrestaron. Había sido “interrogado” varias veces y me hallaba ya exhausto y desalentado, siempre pensando hasta cuándo podía resistir. En tal situación estaba, cuando un día uno de los guardianes italianos, Ceraso, descorrió el cerrojo de la celda y me dio una sorpresa anunciándome que el general Della Rovere deseaba verme.

La puerta de la celda del general estaba, como de costumbre, sin cerradura ninguna. Además, el distinguido prisionero disponía de un catre, en tanto que nosotros dormíamos en tablas desnudas. Inmaculadamente vestido y con su monóculo en el ojo derecho, el general me saludó cortésmente:

—¿El capitán Montanelli? Ya sabía antes de desembarcar que lo encontraría a usted aquí. El Gobierno de Su Majestad se interesa profundamente por la suerte de usted. Confiemos en que, aún al caer delante del pelotón alemán de fusilamiento, usted sabrá cumplir con su deber, el más elemental de sus deberes como oficial. Pero, por favor, no se incomode usted.

Sólo entonces me di cuenta de que había permanecido ante él en posición de “firmes”.

—Nosotros, los oficiales todos, vivimos vidas provisionales ¿no es así? —me dijo el general—. Un oficial es, como dicen los españoles, un novio de la muerte.

Se detuvo aquí. Mientras lo veía pulir el monóculo con un pañuelo blanco, pensé que en ocasiones los apellidos reflejan la personalidad de quien los lleva. Della Rovere significa “del roble”, y este hombre, estaba claro, era de madera muy sólida.

—A mí ya me han sentenciado —continuó el general—. ¿A usted también?

—Todavía no, excelencia —contesté casi como si quisiera excusarme.

—Ya lo condenarán —dijo—. Los alemanes son rígidos cuando esperan arrancar una confesión, pero también son caballeros en su estimación por los que se niegan a confesar. Usted no ha hablado. ¡Muy bien hecho! Eso significa que se le hará el honor de fusilarlo de frente y no de espaldas. Le pido que persista en el silencio. Si se le somete a la tortura —no pongo en duda su fortaleza moral, pero la resistencia física tiene sus límites— le insinúo que les dé un nombre: el mío. Sea cualquiera el acto que haya usted ejecutado, dígales que procedía en cumplimiento de órdenes mías... A propósito ¿cuáles son los cargos que le hacen?

Se lo conté todo, sin reserva ninguna. Su excelencia me oía como me oiría un confesor. De vez en cuando movía la cabeza en señal de aprobación.

—Su caso es tan claro como el mío —dijo en cuanto hube terminado—. A ambos se nos sorprendió mientras cumplíamos órdenes superiores. El único deber que me resta por cumplir es morir luchando en el campo del honor. No ha de ser difícil, creo yo, morir decorosamente.

Cuando Ceraso me encerraba otra vez en mi celda le rogué que me mandara un barbero al siguiente día. Y aquella noche doblé con cuidado mis pantalones y los realcé el pliegue longitudinal con el listón de la ventana antes de tenderme a dormir sobre mi camastro.

Durante los días que siguieron vi que muchos prisioneros visitaban la celda del general. Al salir, todos parecían como erguidos; ninguno se mostraba ya abatido.

El ruido y el desorden en nuestro aislado sector habían disminuído. El número 215 dejó de dar los desgarradores gritos con que se lamentaba por la suerte de su mujer y sus hijos, y mostró gran compostura cuando lo llamaron al interrogatorio. Ceraso me Contó que después de hablar con el general casi todos solicitaban un barbero y pedían peine y jabón. Los guardas de la prisión dieron en afeitarse a diario y aún trataban de hablar italiano castizo en vez del dialecto napolitano o siciliano. Hasta el mismo Mueller, cuando pasaba revista a la sección encomiada, refunfuñaba la mejora general en cuanto a disciplina y decoro.

Lo mejor de todo era que la “fábrica de confesiones” ya no las producía. Los prisioneros persistían en su obstinado silencio. Della Rovere les daba a todos fuerzas para resistir, como si las sacara de la gran provisión de su valor. Y su experiencia de prisionero le permitía darles, además, valiosos consejos.

—Las horas más peligrosas suelen ser las primeras de la tarde —les prevenía—. El solo anhelo de distracción puede hacerles confesar.

O bien les decía:

—No se queden ustedes con la vista fija en las paredes. Cierren los ojos de cuando en cuando y las paredes perderán el poder de ahogarlos.

Censuraba a quienes descuidaban el arreglo de la persona. “La limpieza”, les decía, “influye sobre la moral”. Sabía que las fórmulas militares que usaban con él les afirmaban el orgullo. Por último, nunca dejó de recordarles sus deberes hacia Italia.

Alguno inquirió prudentemente cuál había sido la actitud del general durante el interrogatorio. El general se echó a reír y le contestó:

—Me interrogó mi viejo amigo el mariscal de campo Kesselring. Mi tarea era cosa sencilla porque Kesselring sabía de antemano todo lo que había que saber, con excepción, eso sí, de que me hallaba yo en un submarino británico cuando me cogieron.

—¿Y realmente usted se fiaba de los ingleses? —dicen que le había preguntado Kesselring.

—¿Por qué no? —le había contestado—. ¡Si nosotros nos hemos fiado antes de los alemanes!

En general parecía gozar mucho recordando la escaramuza.

Después de poco tiempo comenzó a correr por la prisión el rumor de que el tal general era un contraespía, un delator al servicio de los alemanes. Los guardas de la prisión, aunque salidos de la escoria del régimen de Mussolini, sintieron que ya eso traspasaba los límites de la humillación. Acordaron entre sí vigilar al general constantemente; si resultaba ser el felón que se decía estaban resueltos a estrangularlo.

En la mañana siguiente Della Rovere recibió al número 203, un comandante a quien se tenía por sabedor de infinidad de datos, pero que no había soltado palabra ninguna. Ceraso se quedó junto a la puerta de la celda y los otros guardas italianos vigilaban de cerca.

—Van a someterlo a extremas torturas —oyeron que le decía el general al comandante—. No confiese nada. Trate de no pensar; hágase fuerza para convencerse de que no sabe nada. El simple hecho de pensar en un secreto que usted guarda lo expone a que le salga de los labios.

El comandante escuchaba, pálido el rostro, lo que el general le aconsejaba, como me había aconsejado a mí.

—Si se ve obligado a hablar, dígales que cuanto hizo lo realizó en cumplimiento de órdenes mías.

Aquella misma tarde, y como para darle satisfacciones, Ceraso le llevó a su excelencia unas pocas rosas, regalo de los guardas italianos de la prisión. El general aceptó cortésmente las flores; no pareció tener la menor idea de que se había desconfiado de él.

Una mañana se presentaron en la prisión los alemanes a llevarse a los coroneles P. y F. antes de ser conducidos al patio se les permitió satisfacer su último deseo: decirle adiós al general. Los vi cuadrados a la puerta de la celda. Aunque no oí lo que el general les decía, vi que ambos oficiales sonrieron. El general les estrechó la mano, cosa que nunca le había visto hacer. Entonces, como si de pronto se hubiese dado cuenta de la presencia de los alemanes, se cuadró, levantó la mano y saludó. Los prisioneros le devolvieron el saludo, y girando sobre los talones marcharon a recibir la muerte. Supimos después que ambos, ya ante el pelotón de fusilamiento, gritaron: “¡Viva el Rey!”

Aquella tarde fui sometido a nuevo examen. El comisario Mueller me dijo que mi suerte dependía del resultado de este interrogatorio. Que si persistía en mi silencio... Me quedé mirándolo con ojos desmesuradamente abiertos, y, sin embargo, no podía oír nada, ni siquiera podía verle distintamente. En vez de su imagen se me representaban los rostros pálidos y tranquilos de los coroneles P. y F., y la cara sonriente del general. Oía una voz tranquila que me susurraba al oído: novio de la muerte... deber elemental de un oficial morir luchando en el campo del honor. En vano me sometieron los alemanes a un interrogatorio de dos horas. No se me hizo sufrir tortura alguna, pero si así hubiera sucedido habría sido capaz, creo, de mantenerlo oculto todo. De regreso a mi celda le pedí a Ceraso que me dejara detenerme en la de su excelencia.

El general hizo a un lado el libro que se hallaba leyendo y fijó en mí su mirada investigadora, en tanto que yo permanecía militarmente cuadrado. Entonces, antes que yo hablara, se expresó así:

—Sí; así esperaba que procedería usted. No podía haber obrado de otra manera. —Se levantó de su asiento y continuó—. No tengo palabras para expresar todo lo que quisiera decir, capitán Montanelli, pero puesto que no hay nadie más que tome nota de nuestro comportamiento, que sea este honrado guarda italiano testigo de lo que decimos en nuestros últimos días. Que escuche cada una de nuestras palabras. Estoy bien satisfecho, capitán. Estoy verdaderamente contento. ¡Bravo!

Aquella noche me sentí realmente solo en el mundo. Pero mi amada patria me parecía más cerca, más cara a mi corazón y más real que nunca.

No volví a ver más al general. Solamente después de la liberación tuve noticias de su fin. Uno de los supervivientes de Fossoli me refirió la historia.

Fossoli era un notorio campo de exterminio en donde los medios de dar la muerte eran complejos y muy diversos. Cuando se trasladó allí al general Della Rovere con centenares de prisioneros de un tren blindado, mantuvo él siempre su dignidad. Iba sentado sobre un montón de morrales que los demás habían juntado para que pudiera descansar. Se negó a levantarse cuando un funcionario de la Gestapo inspeccionaba el tren. Aún cuando el nazi le dio una bofetada y le gritó: “Yo te conozco, Bertoni, grandísimo cerdo” permaneció inmutable. ¿Para qué explicarle a este ignorante alemán que su nombre no era Bertoni, sino Della Rovere, que era general de un cuerpo de ejército, íntimo amigo de Badoglio y consejero técnico de Alexander? Sin alterarse recogió su monóculo y se lo puso de nuevo. El alemán se marchó maldiciendo.

Una vez en Fossoli, el general no volvió a disfrutar de los privilegios que se le concedían en San Vittore. Lo alojaron en un cuartel común con todos y le pusieron a trabajar como a los demás. Sus compañeros de prisión trataban de ahorrarle el desempeño de los oficios más bajos y se turnaban para reemplazarlo; pero nunca él trataba de evadirse de cumplir su tarea, por difícil que fuera para un hombre que ya no era joven. Por las noches les recordaba a sus camaradas que no eran delincuentes, sino oficiales militares. Y ellos, mirando el relumbrante monóculo y oyendo la voz del general, sentían el ánimo más levantado.

La carnicería que se hizo en Fossoli el 22 de junio de 1944 pudo haber sido una represalia por las victorias aliadas cerca de Génova. Sea como fuera, por órdenes recibidas de Milán se sacaron 65 hombres de un total de 400 prisioneros. A medida que un tal teniente Tito leía la lista, el condenado, al oír su nombre, daba un paso al frente de la formación. Cuando llamó “Bertoni” nadie se movió. “¡Bertoni!”, rugió el teniente mirando fijamente a Della Rovere. Su excelencia no se dio por notificado.

¿Quería Tito mostrar indulgencia hacia el sentenciado? Nadie podría afirmarlo. En todo caso, sonrió de pronto. “Muy bien, muy bien”, dijo, “Della Rovere, así me gusta”.

Todos se quedaron conteniendo el aliento mirando al general, quien sacando el monóculo del bolsillo y limpiándolo con notable fuerza en la mano, se lo aplicó alojo derecho, y con toda calma le contestó al oficial: “General Della Rovere, si hace el favor”, y se unió al grupo.

Se les aherrojó con esposas a los 65 destinados al suplicio, y enseguida se les condujo hasta el pie de la muralla. A todos se les vendaron los ojos, menos al general, que porfiadamente rechazó la venda y obtuvo que se accediera a su deseo. Mientras se colocaban cuatro ametralladoras en la posición correspondiente, su excelencia dio unos pasos adelante de la fila, y con ademán altivo y resuelto y en voz firme y sonora, habló así: “Señores oficiales: en los momentos en que arrostramos el último suplicio, vayan nuestros pensamientos de fidelidad a la amada Patria. ¡Viva el Rey!”.

Tito ordenó “¡fuego!”; las ametralladoras dejaron cumplida la orden. El cuerpo del general fue sacado en su féretro, siempre portando su monóculo.

La verdadera historia del general Della Rovere, que viene a conocerse después de su muerte, es una serie de episodios, casi increíbles, de heroísmo y sustitución de personas. Porque es lo cierto que el ídolo de San Vittore no era tal general. Ni Badoglio ni Alexander oyeron hablar de él jamás. Y no se llamaba Della Rovere.

Era un tal Bertoni, natural de Génova, ladrón y estafador, huésped presente de la cárcel. Los alemanes lo habían arrestado por un delito de menor importancia, pero durante el interrogatorio de rigor habían llegado a descubrir que el hombre tenía soberbias dotes naturales de actor. Por su falta de escrúpulos y sus disposiciones de comediante lo creyeron ideal como agente para embaucar a los guerrilleros presos y obtener de ellos informes útiles.

Bertoni se mostró listo para celebrar el trato. Procedería como se le pedía a cambio de un tratamiento de preferencia en la prisión y de que se le pusiera pronto en libertad. Los alemanes inventaron la historia de Della Rovere y le enseñaron bien el papel que debía representar.

Una vez enviado Bertoni a San Vittore pidió, y se le concedió, un corto plazo con el fin de ganarse la confianza de los hombres a quienes iba a hacer víctimas. Pero Bertoni era más astuto de lo que los nazis creían; iba resuelto a no engañar sino a los mismos alemanes.

Y ocurrió entonces la sorprendente transformación. Bertoni, desempeñando el papel del general Della Rovere, se convirtió en Della Rovere de verdad. Emprendió una tarea sobrehumana: hacer de San Vittore una prisión a prueba de confesiones y de inspirar a los allí reunidos fortaleza para hacerle frente a su destino. Y por su presencia imponente, su impecable pulcritud, por los altos quilates de su valor y su fe, trajo un nuevo sentimiento de dignidad y de propia estimación de esos pobres seres allí encarcelados.

Pero al fin comprendió que el plazo convenido tocaba a su fin. El comisario Mueller iba mostrándose más y más impaciente con tanta demora. ¿Por qué no aparecían las confesiones? Cuando “Della Rovere” me habló aquel último día en su celda y le pidió a la guardia que fuera testigo de sus palabras, sabía que todo había terminado, que ésta era la única manera de que el mundo de que lo separaban esos muros pudiera conocer algún día su historia; el único medio de que Italia supiera que él había sido fiel a la Patria.

El 22 de junio de 1945, primer aniversario de la carnicería de Fossoli, de pie en la catedral de Milán observaba yo al Cardenal —príncipe arzobispo de esa archidiócesis— consagrar los ataúdes de los héroes sacrificados en esa prisión. El Cardenal sabía de quién era el cuerpo que yacía en el féretro marcado Della Rovere. Sabía también que nadie tenía mejor derecho al título de general que el ocupante de esa caja, el antiguo ladrón y huésped de cárceles.



Clave de la invasión a Normandía:

Desde el ensayo de 1942 en Dieppe, los alemanes venían jactándose de la desastrosa acogida que esperaba a las fuerzas invasoras aliadas. Sin embargo, el día 6 de junio de 1944 arribaron a las costas de Normandía unas 6.000 embarcaciones aliadas que empezaron a desembarcar soldados antes que los alemanes se enterasen de su llegada. A la hora crítica, los alemanes fueron víctimas del más formidable ardid de la guerra: una invasión simulada que engañó a sus operadores de radar, haciéndoles creer que los aliados estaban invadiendo el Paso de Calais, distante unos 320 kilómetros de las playas donde la verdadera invasión tenía lugar.

Esta treta insuperablemente ingeniosa del Día D fue el episodio culminante de la guerra en el éter, de la gran batalla secreta de radio que, a la par con sus diarios combates, riñeron durante cuatro años las fuerzas aéreas aliadas y la Luftwaffe germánica.

Esa batalla oculta dio por resultado la decisiva victoria anglonorteamericana, evitó a los aliados desastrosas pérdidas de aviones, les permitió mantener su bien ganada supremacía en el aire, y acabó abriendo el camino para el asalto general de Alemania.

La tremenda rapidez de los combates aéreos en la segunda guerra mundial hizo depender a ambos beligerantes del radioteléfono y las comunicaciones inalámbricas para reunir y guiar las inmensas flotas de aviones de bombardeo, así como los aeroplanos de combate que habían de interceptar el paso a los bombarderos enemigos. Por otra parte, el principal punto de apoyo de la defensa antiaérea, tanto británica como alemana, era el radar, el “ojo” de la radio que descubre los aviones enemigos e indica su posición exacta. Es natural, por consiguiente, que el objetivo de la guerra en el éter consistiese en desbarajustar las comunicaciones y los descubrimientos de los aparatos de radar del adversario.

Las llamadas contramedidas de radio, designadas en el lenguaje oficial con la sigla R. C. M. (Radio Countermeasures) se iniciaron calladamente en el otoño de 1940, cuando los bombarderos de Goering comenzaron sus ataques nocturnos a las ciudades británicas. Las dotaciones de los bombarderos alemanes volaban hacia sus blancos siguiendo la dirección de angostos rayos radiados procedentes de bases situadas en Bélgica y Francia, e interceptados a veces por otros rayos emitidos desde Holanda y Noruega, que les daban la señal de que iban aproximándose al objetivo.

Los británicos decidieron entonces trastornar estas señales. Las ondas de radio tienden a marchar en línea recta, pero muchas causas naturales las desvían ligeramente. Los peritos de las R. C. M. se propusieron aprovechar esta circunstancia, reproduciendo y exagerando aquellas desviaciones naturales. Como los alemanes emitían muchas veces los rayos horas antes de iniciarse el ataque aéreo, los operadores británicos disponían de tiempo suficiente para dar con ellos y duplicarlos. Fue así como consiguieron retransmitir los rayos y torcerlos gradualmente hasta alejarlos de la ciudad que iba a ser bombardeada. Una desviación de dos grados bastaba para torcer casi 14 kilómetros el curso del avión en un recorrido de 400 kilómetros.

Estas desviaciones fueron relativamente ineficaces para proteger a la desparramada ciudad de Londres y otras situadas en la costa. Pero cuando la incursión iba dirigida contra poblaciones más pequeñas situadas en el interior, los rayos “torcidos” hicieron que la Luftwaffe dejase caer muchas veces la carga de sus bombarderos en pleno campo. El mayor éxito de los rayos “torcidos” se consiguió una noche en que 200 bombarderos dejaron caer 400 bombas, cuyas consecuencias fueron solamente... dos gallinas muertas.

Una vez que los alemanes se dieron cuenta de lo que ocurría y abandonaron el sistema de rayos radiados sustituyéndolo con instrucciones inalámbricas emitidas desde bases terrestres, los ingleses añadieron una estratagema nueva a la guerra del éter. Cuando un navegante alemán pedía orientación inalámbrica para determinar la posición de su bombardero, los ingleses que operaban en las frecuencias de la Luftwaffe cortaban la comunicación y daban orientaciones falsas. La nueva estratagema hizo que los pilotos alemanes se encontrasen con frecuencia irremisiblemente despistados, volando en círculos hasta la llegada del día para aterrizar en el sur de Inglaterra, creyendo que lo hacían en Francia.

Fueron los alemanes quienes se apuntaron el primer éxito en las interferencias de radar. Cierto día de febrero de 1942, los acorazados germánicos “Sharnhorst”, “Gneisenau” y “Prince Eugen” salieron furtivamente del puerto de Brest e hicieron rumbo al Canal de la Mancha. Los peritos que estaban a cargo de las estaciones de radar de la costa británica observaron una perturbación ligera, cuya intensidad fue aumentada casi imperceptiblemente. Cuando la flotilla germana llegó al estrecho de Dover, la interferencia era continua e impedía a los controladores británicos de tierra ver y dirigir sus propios barcos y aviones. Los acorazados completaron su paseo por el canal sin que fueran molestados en lo más mínimo.

Aproximadamente por aquel tiempo los ingleses descubrieron que el radar enemigo estaba sujeto a interferencias. Las dotaciones de los bombarderos de la Real Fuerza Aérea informaron al regresar de sus misiones que tales interferencias ocurrían a veces cuando ellos ponían en marcha el I. F. F. (estas siglas de Identification Fried of Foe —identificación de amigo o adversario— son el nombre de un radiotransmisor aéreo que al operar da automáticamente una señal convenida que identifica los aviones propios). Según las informaciones, ocurría a menudo que cuando funcionaba el I. F. F., los proyectores del enemigo dirigidos por radar se apagaban o cambiaban de dirección. Un examen de las instalaciones alemanas de radar, hecho en atrevida incursión de comandos y tropas llevadas en avión, confirmó el informe de que algunos aparatos I. F. F. causaban trastornos accidentales del radar alemán. Inmediatamente se dotó a los I. F. F. con mecanismos de interferencia más eficaces y cuya actuación no dependía del azar. Por añadidura, emisoras de alta potencia instaladas en la costa meridional de Inglaterra empezaron a trabucar las alarmas dadas por el radar enemigo. Al mismo tiempo que esta interferencia del radar, la Real Fuerza Aérea comenzó a perturbar las comunicaciones radiotelefónicas e inalámbricas entre tierra y aire que eran vitales para la Luftwaffe.

Nunca había un instante de calma en la guerra del éter. Una vez iniciada la campaña de las contramedidas de radio, la caza de escalas de longitud de onda se sucedió noche tras noche. Los alemanes daban vueltas y más vueltas para buscar longitudes libres de interferencia, y los ingleses les iban sin descanso a la zaga para impedírselo. En su rebusca incesante de nuevas longitudes de onda, los alemanes modificaban o reemplazaban con frecuencia sus equipos de radar y comunicaciones. Pero casi tan pronto como las nuevas instalaciones empezaban a funcionar, los ingleses hacían uso de otros inventos para contrarrestarlas.

Uno de estos inventos, que se perfeccionó tras de vencer dificultades técnicas casi insuperables, fue un mecanismo perturbador lo bastante ligero para poder instalarlo en aviones de interferencia. El mecanismo era ingenioso. Un receptor buscaba automáticamente las longitudes de onda, y tan pronto se descubrían señales de alguna de ellas, aparecía un puntito en la pantalla. El operador sólo tenía que comprobar el origen de la señal e imprimir un movimiento vibratorio al transmisor, lo cual enviaba una nota ondulante por la onda del enemigo, impidiendo toda conversación.

Este mecanismo de perturbación, que recibió el nombre convencional de “Cigarro aéreo”, tuvo tanto éxito que los alemanes se vieron obligados a hacer uso de un transmisor de alta potencia para dar instrucciones radiotelefónicas a sus aviones de combate nocturno. La Real Fuerza Aérea instaló entonces una emisora de gran potencia que funcionaba en la misma frecuencia, y los controladores alemanes de tierra empezaron a oír “voces fantasmas” que imitaban las suyas, dando instrucciones contrarias e informaciones erróneas a los aviones alemanes de combate nocturno. Los “fantasmas” no sólo hablaban el alemán popular, sino que copiaban perfectamente las inflexiones de los controladores alemanes.

Esta técnica, que se llamaba “Operación Corona”, se utilizó por vez primera durante la noche del 22 al 23 de octubre de 1943, cuando los bombarderos de la Real Fuerza Aérea atacaron duramente a Cassel. Mientras tenía lugar el ataque, los alemanes se dieron cuenta de que ocurría algo anormal, y varios monitores de radio de la Real Fuerza Aérea oyeron que un controlador alemán decía a sus pilotos que “tuvieran cuidado con otras voces”, y les advertía “que no se dejasen extraviar por el enemigo”. Tras un violento estallido de indignación del alemán, la voz “fantasma” dijo: “Ahora está echando maldiciones el inglés”. La observación enfureció aún más al controlador alemán, que rugió: “No es el inglés quien está echando maldiciones. ¡Soy yo!” Hacia el final del ataque, los pilotos alemanes estaban tan confundidos que se insultaban unos a otros.

Los peritos de las contramedidas de radio previeron que los alemanes tratarían repentinamente de burlar la “voz fantasma” poniendo a una mujer al micrófono. En consecuencia, adiestraron a tres WAAF (mujeres auxiliares de la Fuerza Aérea) que hablaban el alemán y las tuvieron en reserva para cuando surgiese la eventualidad. Efectivamente, alrededor de una semana después los alemanes utilizaron la voz de una locutora... a la cual imitó enseguida una de las WAAF dejando a los pilotos de la Luftwaffe tan desorientados como antes.

Una de las contramedidas de radio más efectivas y espectaculares fue la que recibió el nombre de “ventana” y la cual consistía en el uso de tiras delgadas de aluminio para confundir a los operadores alemanes de radar. Los expertos ingleses descubrieron que la caída de cierto número de tiras de aluminio que estuvieran muy próximas entre sí, pero sin llegar a tocarse, simulaba la repercusión de un aeroplano en la pantalla del indicador enemigo. Si se dejaban caer bastantes tiras a intervalos, oscurecerían la pantalla o producirían tantos “ecos” falsos que los operadores de radar no podrían identificar los “ecos” reales causados por los aviones.

La “ventana” hizo su aparición inicial en el primero de los cuatro grandes bombardeos aéreos que causaron la casi total destrucción de Hamburgo en la última semana de julio de 1943. Cada uno de los 791 bombarderos que tomaron parte en el ataque de aquella noche dejo caer un haz de 2.000 tiras por minuto a lo largo de una determinada ruta en dirección al blanco. Suponiendo que cada haz produjera un “eco” de 15 minutos, el número total de “ecos” producidos en las pantallas enemigas de radar durante el ataque equivalía al que hubieran causado 12.500 aviones.

El efecto causado en las defensas alemanas fue inmediato y devastador. Las dotaciones de los bombarderos informaron que los reflectores dirigidos por radar vagaban sin dirección por el cielo, mientras que el fuego antiaéreo dirigido por instalaciones terrestres de radar, en vez de ser efectivo y certero como se esperaba, resultó una cortina de metralla disparada al azar hacia los múltiples “ecos”. Los aviones alemanes de combate nocturno que dependían del radar terrestre para la dirección general y del radar aéreo para la intercepción final, se encontraron imposibilitados para actuar con eficacia. Los 12 bombarderos de la Real Fuerza Aérea que se perdieron aquella noche, representaban menos del uno y medio por ciento de los que tomaron parte en la operación, y fueron alcanzados casualmente por disparos hechos a la ventura.

Anulada así en gran parte su dirección de radar, los aviones de combate nocturno de la Luftwaffe hubieron de recurrir al sistema anticuado de intercepciones aisladas, guiados en parte por observadores de tierra que localizaban a los bombarderos sirviéndose de los ojos y el oído, y auxiliados por la luz de linternas y reflectores, combinándolos con localizadores de sonido. Esta defensa era rudimentaria comparada con el sistema corriente antes del empleo de la “ventana”, y sus puntos débiles permitieron al jefe del Aire, mariscal Harris, empezar el bombardeo del blanco más importante de la guerra: Berlín.

En la primavera de 1944, los alemanes estaban tan enloquecidos por la ofensiva anglonorteamericana de interferencias, que los controladores de sus aviones de combate enviaban simultáneamente mensajes en 20 distintas longitudes de onda, con la esperanza de que por lo menos se oyera una de ellas.

Los que iniciaron y sostuvieron la campaña de contramedidas de radio, vieron recompensados todos sus esfuerzos en las horas críticas inmediatamente anteriores a la hora H del Día D.

Aún cuando los ataques preliminares habían reducido seriamente la eficiencia del sistema alemán de radar instalado en la costa, más de 100 estaciones conocidas seguían funcionando entre Cherburgo y el Scheldt la víspera de la invasión. Para asegurar el éxito de los desembarcos aliados, era esencial que aquellos observadores de radar fuesen cegados o engañados. En el área de la invasión había que cegarlos, porque el éxito inicial de aquélla dependía en gran parte del factor sorpresa. En otras zonas era necesario hacer que los observadores viesen cosas indicadoras de que la invasión venía por allí.

Para alcanzar ambos fines, los peritos de las contramedidas idearon y ensayaron un complicado sistema de engaño que constaba de cinco operaciones, a las que se dieron los siguientes nombres convencionales: “Gravable”, “Vislumbre”, “Escuadrilla A. B. C.”, “Titánico” y “Taladro”. Durante la noche del 5 al 6 de junio, mientras la verdadera flota de invasión cruzaba el Canal de la Mancha haciendo rumbo a la península de Cherburgo, las cinco operaciones del engaño se ponían simultáneamente en ejecución.

Los alemanes estaban convencidos de que los aliados intentarían desembarcar al norte de El Havre, probablemente en el Paso de Calais, y el éxito de la operación simulada dependía de aquella convicción. Formando parte de la operación “Gravable”, dieciocho barcos pequeños de la Real Armada avanzaron a una velocidad de siete nudos hacia el cabo de Antifer, situado inmediatamente al norte de El Havre, para dar la impresión de un intento de desembarco en aquella parte de la costa francesa. Cada uno de los barcos remolcaba varios globos a vuelo bajo que producían “eco de grandes buques”. Para impedir que los observadores del radar de la costa pudieran apreciar lo limitada que era aquella fuerza, doce aeronaves que volaban a poca altura sobre los barcos dejaron caer cada cual un haz de tiras de aluminio con intervalos de un minuto, para dar la sensación de un gran convoy que marchaba lentamente hacia Francia. Cada avión llevaba un perturbador a toda marcha para evitar que el radar alemán reconociera la treta de la “ventana”. Era necesario sincronizar cuidadosamente los ruidos y ajustarse con la mayor precisión al plan trazado; los aviones volaron continuamente durante tres horas y media en la misma órbita sobre una zona de 20 por 12 kilómetros.

Simultáneamente, la operación “Vislumbre” hacía otra marcha semejante con rumbo a Boulogne, y veintinueve aviones Lancaster — “La Escuadrilla A. B. C.” — recorrían la zona entre ambas fuerzas invasoras simuladas, yendo y viniendo de una a otra durante cuatro horas a corta distancia de la costa enemiga, para distraer a los aviones alemanes de combate nocturno de las verdaderas zonas de desembarco. Los veintinueve bombarderos Lancaster trastornaban sin descanso el radar enemigo con nada menos que ochenta y dos perturbadores aéreos. Otra razón de segundo orden para la operación “A. B. C.” era la esperanza de que los alemanes tomasen a los aeroplanos de la escuadrilla por la fuerza aérea superior que protegía la invasión simulada por las operaciones “Gravable” y “Vislumbre”.

Al mismo tiempo se iba llevando a cabo la operación “Titánico”, destinada a atraer la atención de los alemanes hacia otra parte mientras descendían sobre Normandía las verdaderas tropas transportadas por aire. Exactamente unos momentos antes que empezaran estos descensos reales, cierto reducido número de aviones de la Real Fuerza Aérea voló sobre El Havre, dejando caer algunas docenas de paracaidistas de madera que fueron a aterrizar en las cercanías de Fecamp. En el mismo instante, otros aeroplanos lanzaban tropas simuladas sobre la península situada detrás de Cherburgo, en el flanco derecho de los verdaderos aterrizajes de tropas. También se dejó caer mucha “ventana” para dar a los hostigados operadores enemigos de radar la impresión de que el ataque de los falsos paracaidistas era veinte veces más fuerte que en la realidad.

Entretanto, la verdadera flota de invasión estaba oculta tras las operaciones de interferencia de radio más intensas que se habían hecho hasta entonces. Veinticuatro bombarderos de la Real Fuerza Aérea y la fuerza aérea de los Estados Unidos pasaban y repasaban a 5.500 metros de altura y a lo largo de una línea que distaba unos 80 kilómetros de la costa enemiga, con lo cual causaron durante varias horas desorden y confusión en las estaciones alemanas de radar situadas en la península de Cherburgo. Esta cortina no sólo ocultaba a los bombarderos aliados que acudían al ataque de las defensas costeras, sino también a los numerosos transportes aéreos de tropas y planeadores que tomaban parte en la invasión por la vía del aire; además impedía que el enemigo descubriese la verdadera flota invasora. Cuando los buques llegaron a la distancia convenida se unieron a la tormenta de interferencia.

Toda la engañosa maquinación funcionó a maravilla. Los alemanes creyeron que la operación “Vislumbre” que se aproximaba a Boulogne era una amenaza efectiva y dirigieron contra ella todos los cañones y reflectores disponibles. Los submarinos salieron a toda prisa para cerrar el paso al que creían poderoso convoy. La mayor parte de los aviones alemanes de combate nocturno que estaban disponibles fueron enviados a luchar con los aeroplanos de la “Escuadrilla A. B. C.”, en la creencia de que estaban protegiendo a la flota invasora. Esta escuadrilla dio lugar a la mayor distracción de fuerzas enemigas, alejándolas de la zona de Normandía, donde operaban los vulnerables aviones y planeadores de transportes de tropas. También la falsa operación aérea “Titánico” puso en inmediata actividad al enemigo. Mientras los alemanes corrían a cercar a los paracaidistas de madera, las fuerzas de la verdadera invasión aérea pudieron consolidar los Bancos Este y Oeste de las playas de desembarco. La combinación de interferencias de aviones y buques puso a los alemanes en tal estado de confusión que los monitores inalámbricos aliados oyeron a los localizadores enemigos de radar identificar la “Escuadrilla A. B. C.” como la vanguardia de una gran fuerza de bombarderos que se dirigía en esos momentos a París.

El objetivo de las cinco operaciones se logró plenamente. Sólo cuando los cañones navales aliados iniciaron el bombardeo preliminar a las cinco y treinta de la mañana, supieron los alemanes cuándo y dónde se estaba consumando la invasión.


Fuente: Historia de la SGM y Armamento General. - "Historias secretas de la SGM" - Aspectos Sociales y Politicos