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  1. #1
    Usuario registrado Avatar de imara78
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    Predeterminado historia de nuestros heroes

    hola amigos del foro me gustaria compartir con ustedes las historias de nuestros heroes las que conocemos y la de aquellos que ofrendaron su vida y nose sabe nada de ellos espero les interese y podamos descubrir algun heroe perdido saludos
    SIN SANGRE NI LAGRIMAS,JAMAS HABRA GLORIA

  2. #2
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    Predeterminado Respuesta: historia de nuestros heroes

    Hola Imara78, me parece una excelente idea pero me gustaría conocer ¿a que tipo de héroes te referís?, contemporáneo, de la guerra de la independencia, de lo cotidiano, de algún arma particular.

    Saludos

  3. #3
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    voy a empesar con la historia de mi padrino, el primer teniente Jose Leonidas Ardiles aviador militar m5 Dagger matricula c- 433 que fue derribado por un misil
    sidewinder AIM-9L combatio solo con dos harrier a 20.000 pies de altura y fue derribado por Bertie Penfold el sabado 1 de mayo a las 16.41 fue uno de los primeros de nuestro heroes un honor que seas mi padrino jose desde lo mas profundo de mi corazon un saludo y como dice la 5 alas estrellas por el camino mas dificil saludos amigos!
    Última edición por imara78; 10/11/2009 a las 21:22
    SIN SANGRE NI LAGRIMAS,JAMAS HABRA GLORIA

  4. #4
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    mientras sean argentinos! pero creo que con los mas reciente es mas facil para la busqueda amigo Quequen Grande saludo
    SIN SANGRE NI LAGRIMAS,JAMAS HABRA GLORIA

  5. #5
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  6. #6
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    Predeterminado Respuesta: historia de nuestros heroes

    Teniente Roberto Néstor Estévez condecorado post mortem con la medalla “La Nación Argentina al heroico valor en combate”
    Hago este pequeño homenaje sin desmerecer a los demás soldados que participaron en el conflicto de Malvinas

    El Teniente Roberto Néstor Estévez nació un 24 de febrero de 1957. Era del signo de Piscis. Oriundo de Posadas, Misiones, era el séptimo de nueve hermanos. Hijo de Roberto Néstor Estévez y Julia Berta Benítez Chapo. El “Toto” como le decían quienes lo querían, era un personaje.
    Con tan sólo ocho años de edad, había hecho una historieta muy bien dibujada, donde el héroe de la misma, Rob-Dick (Rob, de Roberto, y Dick, vaya a saber por qué) era un gaucho con capa que libraba distintas aventuras, todas con un sentido nacional. Las historietas de Rob-Dick se extendieron durante cuatro años, y durante ese tiempo, el superhéroe nacional iniciaba una campaña para recuperar las islas Malvinas (de allí la mención que hace Estévez a su padre, en la carta póstuma: “…¿Te acordás cuando era chico y hacía planes, diseñaba vehículos y armas, todo destinado a recuperar las Islas Malvinas?…”)
    Fanático lector, era común que se quedara dormido con la luz encendida. De todos los temas que gustaba leer, su predilecto era la Historia Argentina. Inteligente y crítico, cuestionaba todo lo que no le parecía justo o verdadero, al extremo de que las maestras lo echaron varias veces del aula. No soportaba la mentira.
    Solía decir, desengañado por lo mucho que le costaba todo, que era producto de que escribía con la mano izquierda, porque para los zurdos el mundo era al revés. No se daba cuenta de que justamente, el iba por el recto camino, y que era el mundo, quien iba, y sigue llendo, al revés.
    Todo lo que se proponía no paraba hasta lograrlo. Sus metas no se las sacaba nunca de la cabeza. Descubierta su vocación militar, un amigo le comento que los zurdos no entraban al Colegio Militar porque tenían problemas para manejar las armas y disparar. Estévez tenía diecisiete años. Frente a la posibilidad de quedarse sin ingresar a la Colegio Militar De La Nación aprendió a escribir y manejarse con la mano derecha. De lo que resultó, ambidiestro.
    Inicialmente, Estévez decía que quería entrar al arma de Caballería, pero una vez en tema, se le escuchaba que prefería la Infantería porque sentía más ambiente de camaradería.
    Ya en las FFAA se destacó por su voluntad y esfuerzo, amén de su gran inteligencia.
    En su destino en el Regimiento 25 recibió el premio “Al mejor Infante”, además de ser distinguido con el honor de ser abanderado.
    Sobresalió entre sus camaradas por su gran profesionalismo, su capacidad, y también, cuando la férrea disciplina lo permitía, por su alegría.
    Excelente amigo y compañero; le gustaba toda la música, desde el chamamé hasta la clásica.
    Dueño de una personalidad llana; hombre franco y directo, poseía una fe inquebrantable. Era un ferviente católico.
    Dueño de una personalidad llana; hombre franco y directo, poseía una fe inquebrantable. Era un ferviente católico.
    Queriendo ser el mejor en su especialidad, realizó el curso de Comandos a fines de 1981 y comienzo de 1982.
    Su familia lo vio por última vez en ocasión de dicho curso, al realizarse el adiestramiento en la parte de “selva”, justamente en la provincia de Misiones, de donde eran oriundos.
    Cuando el Teniente Estévez desarrollaba el Curso de Comandos en la Escuela de Infantería, durante el año 1982, durante el desarrollo de una exigente ejercitación propia de la especialidad, tuvo un paro cardíaco. El médico que lo atendió, no obstante declararlo muerto, continuó prodigándole los auxilios correspondientes; milagrosamente, reaccionó. En forma inmediata, sufre un segundo paro, del que vuelve a recuperarse. Fue enviado al Hospital en forma inmediata. Todos se quedaron sorprendidos cuando, al día siguiente, se presentó para continuar el curso y lo finalizo con éxito.
    Sin duda, el Señor prevé los mejores destinos para sus mejores hijos.
    Posteriormente Estévez es destinado al Regimiento de Infantería Mecanizado 25.
    Partió a Malvinas el día 27 de marzo de 1982 con el convencimiento de que no regresaría.
    La carta póstuma para su padre y su familia quedó en el Regimiento, y les fue entregada a los familiares en julio de 1982, una vez conocido su fallecimiento, junto con sus objetos personales y una carta para su novia.
    A continuación relato de un soldado que lucho con este bravo oficial:
    “Ingresé en febrero de 1982 en el Regimiento de Infantería 25, que tiene asiento en la localidad de Sarmiento, provincia del Chubut. A poco de haber llegado, los que teníamos estudios fuimos separados del resto de los soldados conscriptos. Yo estaba cursando la carrera de analista de sistemas en el primer año; me ubicaron en la sección de aspirantes. El Teniente Roberto Néstor Estévez, quien posteriormente dejaría un recuerdo imborrable en todos nosotros, fue el que nos seleccionó personalmente uno a uno.
    Comenzó una instrucción, que no vacilo en calificar de dura y severa, hasta el 24 de marzo a cargo de Estévez, que pertenecía el grupo de Comandos, y su segundo jefe de sección, el Cabo Primero Faustino Olmos, también de esa misma especialidad.
    La instrucción era diurna y nocturna con todo tipo de armamentos, teórica – práctica, y estaba destinada solamente a este grupo seleccionado, que yo, gracias a Dios, tuve la suerte de integrar. Debo añadir que esta instrucción fue altamente valiosa a la hora del combate y Estévez, un jefe calificado que no sólo se preocupaba por nuestro estado físico sino también por nuestra espiritualidad, no cesaba de darnos ánimo y valor con sus propios gestos personales. Les cuento un ejemplo:
    Allá, en el sur, hay unos pastos ásperos y filosos llamados coirones y durante nuestros habituales “cuerpo a tierra” y posteriores deslizamientos, tratábamos de evitarlos. Al darse cuenta de esto, Estévez hizo él mismo el ejercicio, sin importarle las lastimaduras que tales matas le ocasionaron, y luego nos dijo: “Si están en pleno combate, no van a tener tiempo de bordearlos, la guerra es así”.
    Este tipo de ejemplos estaban muy a tono con su naturaleza de persona de una alta moral, ética y honor. Y sólo tenía 24 años. Nosotros, los AOR (Aspirantes a Oficiales de Reserva) en la mitad de la noche, más de una vez fuimos levantados y nos hacían salir a correr sorpresivamente bajo fina lluvia o nevisca, sólo vestidos con pantaloncitos cortos y ballenera (remera de manga corta).
    Y como decía Nietzsche, lo que no te mata te fortifica. Ese fue nuestro caso. Del inicial grupo escogido, cuarenta y cinco, quedamos cuarenta. Y esos cuarenta fuimos a Malvinas.
    Aquel inolvidable 2 de abril nos tocó desembarcar al mediodía y nos sentíamos muy orgullosos en razón de pertenecer al único elemento del Ejército que participó de la operación de neto corte aeronaval en aquel momento. A bordo del Almirante Irizar fuimos partícipes de una tocante ceremonia que nos concernía de un modo muy especial.
    Como no habíamos tenido tiempo de jurar la bandera se organizó para nosotros una jura de nuestra enseña nacional, que tuvo el carácter de provisoria y levantó nuestro orgullo hacia las nubes. Y ahí nos enteramos de que íbamos a Malvinas. Puedo afirmar que, entre lágrimas y abrazos, ahí mismo se terminó de consolidar nuestro grupo.
    Estuvimos brevemente en Puerto Argentino y luego, a bordo del barco Isla de los Estados fuimos enviados a Darwin con el objetivo de tomarlo. Nuestro grupo de AOR era parte de la Compañía C, formada por tres secciones, Gato, Bote (la de Estévez) y Romeo, a cargo de Gómez Centurión. Entre el 4 y 5 de abril nos asentamos en Darwin y comenzamos nuestras tareas de limpieza, minado y excavación de “pozos de zorro” y puestos de ametralladora. Nuestro jefe directo era Estévez y el jefe de la compañía, el Teniente Primero Daniel Esteban. Yo era tirador de MAG (ametralladora pesada) y fui elegido para eso debido a mi buena puntería en aquellos ejercicios anteriores en Chubut. Disponíamos de 2 MAG, 2 lanzacohetes y fusiles FAP y FAL. Nuestra base de operaciones era una escuela kelper construida íntegramente de madera, que constaba de dos pisos; ahí estaba ubicada la compañía C. Recuerdo que, faltando algo de raciones, algunos oficiales y suboficiales se fueron a cazar avutardas y durante tres días esos pajarracos fueron parte distinguida de nuestro menú. Disponíamos de un buen equipo de abrigo, muchas medias de recambio y guantes que nos protegían manos y pies del frío.
    El 1º de mayo, a las 8 de la mañana, los Harrier ingleses atacaron a los Pucará estacionados en el aeropuerto de Darwin. Nosotros estábamos ubicados a unos 500 metros del aeropuerto y vimos perfectamente todo. Darwin es un caserío, una especie de pequeña bahía, todo bastante plano geográficamente hablando. Luego del ataque abandonamos la escuela y nos instalamos en nuestros “pozos de zorro”. De ahí en más, el agua y el frío fueron nuestros íntimos compañeros. Recuerdo que rezábamos al levantarnos y al acostarnos. En los respiros que nos daban los desayunos hablábamos de nuestras respectivas familias y el hecho histórico y singular que estábamos protagonizando. Todas esas cosas no hacían más que reforzar la alta moral que, inculcada por la labor encomiable de Estévez, existía en el grupo. Debo añadir que el día 24 de abril hicimos nuestro juramento oficial a la bandera en suelo malvinense, privilegio que, creo, nadie lo tuvo. La compañía se dividió. Rumbo a San Carlos marcharon Esteban y los suyos al caserío de Darwin, Gómez Centurión con su gente y nosotros quedamos en nuestros “pozos de zorro” a cargo de Estévez. Y permanecimos en aquel sitio hasta el 27 de mayo, momento en que el Teniente Coronel Piaggi le ordenó a Estévez que debíamos marchar hacia la primera línea de combate, debido a que los ingleses, que habían desembarcado en San Carlos el 1º de mayo, avanzaban hacia Darwin y ya se habían producido enfrentamientos con efectivos del Regimiento de Infantería 12. Según nos testimonió el capellán militar padre Mora, al recibir la orden, Estévez se puso contento. “Era lo que estaba esperando”, dijo. A las 2 de la madrugada del 28 de mayo llegamos a Boca House (Casa Boca), sitio cercano al cementerio de Darwin que ya era zona de combate. Al hacerlo, nos cruzamos con gente del Regimiento 12, a cargo del Subteniente Peluffo, que venía de combatir. Estévez nos hizo desplegar en abanico y quedamos distribuidos allí. Luego, a la derecha del abanico, entró en contacto con el enemigo y nosotros, que aún no estábamos en las posiciones que debíamos ocupar, según las órdenes recibidas, nos unimos con los del 12 para permitirles un respiro pues, mientras ellos se replegaron, nosotros contraatacamos. Al hacerlo, chocamos con la compañía A del batallón de paracaidistas ingleses, que tenía unos ciento cincuenta efectivos y estaban muy bien armados. Se peleó muy duro, sin dar ni pedir cuartel, en un combate que desde las 5 de la mañana se prolongó hasta casi las 10. Fueron casi cinco horas de auténtica estadía en el infierno. Nosotros efectuamos tres repliegues y sucesivos contraataques. Ellos tenían apoyos de las fragatas que estaban en San Carlos y de artillería, combinada con los Blowpipe (misiles antiaéreos) que barrían el terreno. La disparidad de fuerzas era abrumadora a favor del enemigo. Al hablar de lo que fue ese combate, recuerdo las balas trazantes que iluminaban la oscuridad, los morterazos, los gritos de dolor y de furia con que unos a otros nos animábamos. Debido a la elevada preparación física espiritual con que contábamos, durante el combate estábamos calmos, tranquilos. La angustia previa al choque con el enemigo nos había tenido nerviosos, pero ahora, en plena lucha, las cosas se revelaban tan simples como terribles. Y en la sencillez del “matar o morir” todo estaba resumido. Yo estaba a cargo de una de las dos MAG que teníamos y Zabala, otro soldado conscripto, era mi cargador de municiones. Desde nuestro puesto disparaba a todo lo que veía o creía ver frente a mí. De pronto, un proyectil de mortero cayó muy cerca de nosotros. El pobre Zabala recibió de lleno las esquirlas y murió en el acto. Yo recibí impactos de esquirlas en el perineal izquierdo. Recuerdo que antes de perder la lucidez, atontado por la onda explosiva, le pedí a Dios que no me dejara morir allí. Realmente no sé cuánto tiempo estuve inconsciente o atontado. Luego, sin soltar mi MAG, me arrastré hasta un pozo cercano mientras sentía la tibieza de la sangre en mi piel y no sabía qué tan herido estaba. Me zambullí en el pozo y encontré que allí había soldados del 12.
    Ese pozo era como tener una butaca para contemplar el infierno. El Cabo Castro había intentado llegar también al pozo donde yo estaba cuando un proyectil de fósforo lo alcanzó y lo envolvió, convirtiéndolo en una antorcha humana. Oíamos sus gritos desgarradores. El pobre decía: “¡Rodríguez, máteme!”- gritaba mientras se quemaba vivo.
    A Romero, otro soldado que estaba allí, le gritó lo mismo, pero nadie se atrevió a dispararle y terminar con su agonía. Un rato después no escuchamos más su voz; que Dios lo tenga en la gloria.
    Y llego en mi relato a lo que considero el instante supremo del combate, desde mi situación personal por supuesto. No hay que olvidar que en medio de ese caos del combate muchos estaban sufriendo experiencias únicas e indelebles. La que les narro a continuación fue la mía:
    El Teniente Estévez estaba recorriendo las posiciones, gritando órdenes a derecha e izquierda, todo esto, repito, bajo el terrible fuego enemigo. Al salir del pozo contiguo al mío recibió dos balazos en el brazo y pierna izquierda, respectivamente. Tambaleándose, llegó al pozo donde yo me encontraba. Este valeroso oficial, sin preocuparse de sus propias heridas, me preguntó por las mías, pues yo estaba ensangrentado. Le contesté que podía arreglármelas. Estévez tomó un FAL y comenzó a disparar; luego, por radio estuvo dando nuevas órdenes. Mi MAG la tomó otro soldado del 12 y abrió fuego contra el enemigo. Ese soldado recibió un balazo en la cabeza, obra de francotiradores –los que mayores bajas causaron en nuestra dotación– y cayó muerto. Éramos cinco en el pozo en ese momento. Comenzamos a soportar fuego directo de morteros y las cercanas explosiones de los proyectiles que caían nos arrojaban lluvia de tierra sobre nuestras cabezas. Estévez, lo repito, sin importarle sus heridas, tomó el casco del soldado muerto del 12 y me lo colocó en la cabeza para protegerme, ya que nosotros usábamos boinas verdes y eso no protege nada ante una bala o una esquirla.
    En ese momento recibió un nuevo balazo en el pómulo derecho y se desplomó pesadamente a mi lado. Tratamos de auxiliarlo y le oímos decir algo, que nadie entendió, y luego expiro. Como estaba cargado de granadas, cualquier proyectil podía impactarlas y volarnos a todos, se las quitamos y sacamos el cuerpo fuera del pozo. Luego, afuera, su cuerpo de héroe recibió numerosos balazos más, quedó casi irreconocible y la prueba de esto es que luego del combate lo reconocieron por la manera especial que tenía, como lo hacen los comandos, de atarse los cordones de los borceguíes. Tomé la radio y después de algunos intentos logré comunicarme con el Teniente Coronel Piaggi y le informé que Bote (nombre clave de Estévez) estaba muerto. Le pedí instrucciones: “Esperen y aguanten hasta que lleguen los Pucará de apoyo”- me contestó. Los Pucará nunca llegaron. Entretanto, los ingleses habían logrado tomar las alturas y desde allí su fuego nos estaba acribillando. El Subteniente Peluffo, para evitar un inútil derramamiento de sangre, ya que habíamos agotado todas nuestras municiones, alzó la bandera blanca y todo terminó para nosotros. Recuerdo que en nuestras posiciones los muchachos se pusieron a fumar o comer chocolates y caramelos, embargados de una total tranquilidad y satisfacción por haberse batido como bravos.
    Al tomarnos, nos registraron como prisioneros y los ingleses descubrieron que teníamos ocultos cuchillos y “ahorcadores” (tanzas usadas para estrangular) y algunos recuerdos de tropas británicas que habíamos conseguido después de desembarcar. Eso, más que nada, los hizo entrar en furia y nos golpearon. A mí, que estaba herido en el suelo, tendido sobre un chapón, me propinaron un puntapié.
    Debí soportar, como todos mis compañeros, el interrogatorio de la inteligencia inglesa. El hecho de tener prisioneros “boinas verdes” en San Carlos y Darwin y la enconada resistencia que les opusimos les hacía no creer que cincuenta efectivos con sólo dos MAG, dos lanzacohetes y fusiles, hubieran podido detener a toda una compañía de tropas altamente especializadas, obligándolas a replegarse tres veces durante aquellas cinco horas infernales. Así fue, ciertamente, el combate de Goose Green o Pradera del Ganso. Algunos pocos soldados del 8 y del 12 y nuestra sección AOR dio material al jefe del comando inglés, Brigadier Mayor Julián Thompson, que en su libro No pic-nic describió la dureza de esta batalla que retrasó considerablemente los planes ingleses de tomar Darwin.
    También supe que en otra acción durante el 29, el Teniente Coronel Jones, Jefe del Batallón de paracaidistas ingleses, murió en un choque con las fuerzas de la sección Romeo, a cargo del Subteniente Gómez Centurión.”


    El Teniente Estévez es un argentino ilustre, ilustre no por que lo adornaran las luminarias del éxito mundano y el reconocimiento publico, sino todo lo contrario, podemos decir que es tan heroico como anónimo. Como esas obras de arte medieval que los autores no firmaban, pues solo les interesaba el reconocimiento que Dios le pudiere dar a la misma y que por ello la hacían, para agradarlo.
    En esta Argentina democrática donde cualquier héroe es “desmitrificado” por los O´Donell o los Gracia Hamilton, parecería que es mejor que nuestro Teniente Estévez sea casi ignorado. No hace falta ser conocido para ser héroe y si parece hacer falta los autógrafos y el foco de luz para los antihéroes, de costumbres degradadas y alma negra, a los que se les dice Dios y se lo creen.
    Por todo ello queremos hoy rescatar algunas cosas importantes de este joven que viviera una corta y fecunda vida, mas fecunda que la de muchos viejos que han pasado la suya tratando de salvarla, sustrayéndose al riesgo, al peligro, a la lucha.
    La caída en combate de nuestro Teniente en la batalla de Pradera del Ganso durante la gesta de Malvinas nos lo muestra como un gaucho argentino cabal, con todo lo que conlleva ello, la espiritualidad netamente católica. La valentía: va al primer lugar del combate a poner el pecho al fuego del invasor colonialista para cubrir la retirada de sus camaradas. El resignado espíritu de sacrificio que nos recuerda aquella frase evangélica “No hay nada mas hermoso que dar la vida por los amigos”. Le dice al capellán que era “justamente lo que esperaba” estar en la primera línea de combate cubriendo el repliegue de una compañía, aquella terrible noche del 28 de mayo, cuando los ingleses se empeñaron a pleno con los paracaidistas y la infantería de marina apoyados por las fragatas.
    Nuestro teniente, le enseñaría al enemigo como lucha y como muere un gaucho argentino. No rindió su posición cuando cualquier otro militar extranjero la hubiera evacuado estando el enemigo ingles a menos de 100 metros, perforado por varios balazos seguía combatiendo y dando órdenes a sus subordinados. Claramente manifestó que no se replegaría.
    Desde chico demostró inclinaciones nacionalistas y patrióticas, lo cuenta en la carta póstuma que dirige a su padre. Ya en aquel entonces el anhelo de Roberto era a servir a algo que intuía superior, a esa unidad de destino que luego amaría locamente por amor a Dios: la Argentina.
    Ya en aquel entonces la causa Malvinas estaba presente en su espíritu. Hasta sus juegos de niño estarían orientados a la recuperación de la soberanía conculcada de la Patria y así se rebelaría su vocación tendiente a defenderla.
    En el momento supremo de luchar no se preguntó si era oportuno hacerlo. No actuó con la mente de un político, sino con la de un patriota dispuesto a entregarlo todo sin pedir absolutamente nada. Es que el patriotismo llevado a la heroicidad implica la magnanimidad. Aplicar la grandeza del alma ordenada a las necesidades superiores de la Patria y de ser necesario como en el caso de nuestro Teniente a morir por ella. Nada tenia mas valor para él que cumplir con ese mandato, ni su propia vida ofrendada si se quiere con terquedad y empecinamiento, un santo empecinamiento.
    Su patriotismo no era meramente sentimental sino que era esclarecido, sabia perfectamente quien era el enemigo y cual era el poder que tenia. Sabía que ese poder era el sionismo, el imperialismo norteamericano y el Poder Internacional del Dinero y finalmente sabía que iba a enfrentarse a ese poder encarnado en los británicos.
    Una anécdota nos ilustra al Estévez soldado y su espíritu de sacrificio. Sus ansias de tener conocimientos y dotes técnicas lo llevaría a seguir el curso de Comandos en la Escuela de Infantería de Campo de Mayo. Durante uno de los durísimos ejercicios sufre un paro cardio respiratorio. Ante esto casi siempre los alumnos abandonan el curso. Estévez continuo y pese a todo concluyo con éxito el mismo. Ya era conocido desde el Colegio Militar como un soldado de tomo y lomo que no solo ordenaba y marcaba el camino a seguir sino que era el primero en recorrerlo. Si bien era férreo en el mando también era al mismo tiempo un gran camarada. Ser soldado, esa era su misión. No le interesaba y le parecía detestable seguir la carrera militar para tener una profesión de prestigio y un sueldo relativamente pasable o como era común en ciertos casos para practicar equitación o aprender a jugar al polo, lograr ascenso social y revestirse de oropeles de falsa aristocracia.
    Tenia una clara visión política, ante el hecho Malvinas. Advierte sagazmente y evaluaba que había un retorno a la Religión Católica, se producía una unidad en Hispanoamérica que contradecía a la “farsa liberal”. Se lograba unidad nacional ante la causa común y especulaba con tirar por la borda 132 años de claudicaciones para que brillara de nuevo la Argentina Católica e Hispánica. Ese es el modelo de soldado al que aspiramos como nacionalistas. Ese será el modelo en el que forjaremos las futuras Fuerzas Armadas Argentinas si Dios nos lo permite
    Como podemos ver el espíritu del Teniente es el espíritu de la Gesta de Malvinas, espíritu de gauchos, de patriotas y de soldados, Ese espíritu que nos hizo ver que debajo de la hojarasca, debajo de la basura que ya se descargaba contra nuestra Patria, aun había un resplandor de gloria esperando ser rescatado. Un resplandor que hoy a un cuarto de siglo después, y mas allá de la traición y la destrucción sufrida, aun se encuentra allí destellando bajo la turba junto a los huesos sagrados de nuestros queridos muertos.

    A continuación la carta que escribió el Teniente Estévez la cual se convirtió en documento histórico nacional:

    Querido papá,
    Cuando recibas esta carta yo ya estaré rindiendo cuentas de mis acciones a Dios Nuestro Señor. El, que sabe lo que hace, así lo ha dispuesto: que muera en cumplimiento de mi misión. Pero fijate vos, ¡que misión? ¿no es cierto? ¿Te acordás cuando era chico y hacía planes, diseñaba vehículos y armas, todos destinados a recuperar las islas Malvinas y restaurar en ellas Nuestra Soberanía?. Dios, que es un Padre Generoso ha querido que éste, su hijo, totalmente carente de méritos, viva esta experiencia única y deje su vida en ofrenda a nuestra Patria.
    Lo único que a todos quiero pedirles es: 1) que restauren una sincera unidad en la familia bajo la Cruz de Cristo. 2) que me recuerden con alegría y no que mi evocación sea la apertura a la tristeza y, muy importante, 3) que recen por mí.
    Papa, hay cosas que, en un día cualquiera, no se dicen entre hombres pero que hoy debo decírtelas: Gracias por tenerte como modelo de bien nacido; gracias por creer en el honor; gracias por tener tu apellido; gracias por ser católico, argentino e hijo de sangre española, gracias por ser soldado, gracias a Dios por ser como soy y que es el fruto de ese hogar donde vos sos el pilar.
    Hasta el reencuentro, si Dios lo permite. Un fuerte abrazo.
    Dios y Patria ¡O muerte!
    Roberto










    Sargento Mario Antonio "El Perro" Cisneros

    Nace en Catamarca el 11 Mayo de 1956. Ingresó a la ESSC en el año 1972, egresando como Cabo de Infantería en Diciembre de 1973. En 1977, hizo el Curso de Formación de Comandos.
    A partir de allí se convierte en uno de los instructores más notorios del curso, influyendo decisivamente en la personalidad y el espíritu de muchos de los futuros Comandos de esa especialidad. Con el grado de Sargento, en la segunda quincena de mayo de 1982, llega a las Islas Malvinas, integrando la Ca Cdo(s) 602.
    Muere heroicamente combatiendo contra fuerzas del SAS del Ejército Británico.
    Por su perseverancia y fidelidad a sus principios, lo apodaban "Perro".
    El Sargento Cisneros es una verdadera leyenda entre los que ostentan con orgullo la aptitud de comando, y un ejemplo para todos los que pertenecen al Arma de Infantería. Recibió la condecoración “La Nación Argentina al Muerto en Combate”.
    Durante su preparación militar, el Sargento Cisneros cumplió misiones como instructor de comandos en un destacamento militar de la provincia de La Pampa.
    Al estallar el conflicto, donó el 50% de su sueldo al Fondo Patriótico y solicitó en reiteradas oportunidades ser trasladado al frente de lucha.
    En mayo logra finalmente su traslado. Cuando salió de La Pampa les escribió a sus camaradas “...no me entrego prisionero, ganamos o no vuelvo”.
    Cuando partió de Buenos Aires hacia el sur, le dijo a su hermano que lo acompañaba “si no vuelvo no me lloren...”.
    Su nombre y sus hazañas recogieron toda la admiración de la Patria Sudamericana. En su honor llevan el nombre de Mario Antonio Cisneros la 1° sección de la Compañía de Tropas Especiales de la República de Panamá, la Compañía de Comandos “Chorrillos”, en la República de Perú, país en donde fue declarado Héroe Nacional, el Hall Histórico de la Compañía de Comandos 601en Campo de Mayo, el aula de Instrucción en el Destacamento de Inteligencia 143 en Neuquén, el aula de instrucción de Cuadros en el Destacamento de Inteligencia 162 de La Pampa, el Casino de Suboficiales de La Pampa, entre otros lugares.

    En la preparación de una emboscada a soldados del grupo de élite SAS, tuvo suceso esta conversación entre el Teniente primero Quiroga y el Sargento Mario "Perro" Cisneros...
    En esos momentos Quiroga aprovechó unos minutos para acercarse al lugar donde estaba Cisneros, sentado detrás de una gran piedra buscando protección. Cruzaron un par de frases y fue en ese momento que tuvo una extraña sensación. Nunca supo si por efecto de la luz de la luna, su rostro reflejó mucha paz, como presintiendo que algo le iba pasar. Lo percibió a flor de piel. Estaban a centímetros uno del otro.
    -"¿Todo bien?", le dijo.
    -"Sí, todo bien".
    La respuesta despertó aun más su atención y sobre todo por la expresión del rostro. Quiroga insistió.
    -"¿Hay algo que te preocupa? ¿Está todo tranquilo?, ¿todo bien?"
    -"Está todo bien". Repitió.
    -"¿Estás cansado?"
    -"No, para nada. En estos momentos estuve pensando y haciendo como un balance de mi vida."
    - "Pero Perro, ¿por qué ahora? No me estás hablando de cómo está el terreno más adelante o si tenemos cobertura para hacer la emboscada. ¿Por qué me hablas sobre esas cosas?"
    -"No sé".
    Y volvió a repetirle, en medio de un gran silencio que los rodeaba.
    -"Estuve pensando sobre mi vida, recordando mi infancia, a mis padres. Y vos, ¿tuviste noticias de tu familia?"
    -"Sí". Contestó.
    Hablaron sobre la emboscada y lo dejó solo con sus pensamientos.
    Otra vez el silencio. En esas horas desesperantes, de gran incertidumbre, Vizoso le ofreció un pedazo de chocolate. Cortó la mitad con su cuchillo y se lo pasó.
    -"Le agradezco mucho su gesto, mi teniente primero. Con la hambruna que tenemos de varios días sin comer, me parece admirable que lo comparta conmigo." – (Lo dijo con voz impostada producto de no haber hablado por largo tiempo).
    -"Es que los comandos debemos ser como los mosqueteros, 'uno para todos y todos para uno'. Y compartirlo con usted me permite comer a mí también", respondió restándole importancia.
    Cisneros siguió hablando.

    -"Aunque a usted le parezca mentira le tengo mucho aprecio, mi familia conoce a la suya y son de buena semilla, se lo digo de todo corazón porque en estas circunstancias no caben las obsecuencias."
    -"Le agradezco su sinceridad y nosotros compartimos los mismos sentimientos respecto de la suya. Sabemos que son hombres de palabra", acotó el oficial.
    -"Al igual que ustedes, buscamos siempre la verdad. Usted me permitió que tuviese la ametralladora y no se arrepentirá de habérmela dejado. Estoy muy contento por eso".
    -"Somos personas simples. Estamos en peligro de muerte y las cosas que valoro son las espirituales y no quisiera presentarme ante el Creador sorprendido en medio de mis vicios".
    -"Tiene razón, mi teniente primero pienso lo mismo. Lo único que me interesa es mantener, aun a costa de mi vida, los ideales de Dios, Patria y Familia."
    -"Sargento, creo firmemente que estamos en este mundo para probar nuestro amor, mantener la verdad más allá de los sufrimientos. La mentira está por todas partes con sus atracciones que nos arrastran por el lodo, pero cuando uno se encuentra, en un lugar olvidado de Dios, con un hombre que sé los quilate que pesa, me llena de fuerza para continuar la lucha. Ambos sabemos que las cosas no están bien, a pesar de ello estoy dispuesto a dar todo de mí, cueste lo que cueste."
    -"Esas últimas palabras me resultan familiares. Se las puse a mi familia en carta."
    -"Usted es famoso por su perseverancia, fidelidad a sus principios y por eso le dicen el Perro. Sé que esta noche no será fácil para nosotros, pero también sé que tanto la vida actual como la muerte no tienen sentido si no pensamos en la Resurrección. Y donde los que compartimos los ideales cristianos nos volveremos a ver."
    -"En la Resurrección nos veremos, mi teniente primero."
    -"Sargento, en el encuentro con la eternidad hace mucho frío, tuve una experiencia muy desagradable en la cordillera de los Andes. Me siento entumecido. Allí aprendí que la unión hace la fuerza. ¿Por qué no nos juntarnos espalda contra espalda y conformamos nuestros sectores de fuego?"
    - "Estoy de acuerdo."
    Y así lo hicieron. El Perro quedó mirando hacia la izquierda y Vizoso hacia la derecha y en mejores condiciones para enfrentar al enemigo.
    Callaron, ensimismados en sus pensamientos. Pasaron varias horas. Cerca de la medianoche los cañones del enemigo dejaron de tronar. Sobrevino la calma.
    Sabían que la muerte acechaba. Repentinamente, el cielo se encendió con una intensa luz que iluminó la zona de combate.
    Las bengalas buscaban señalar los objetivos para la artillería. Desde su posición divisaron los fogonazos de las bocas de los cañones. El fuego no duró mucho. No dijeron nada. De nuevo el silencio. El intenso frío los afectaba cada vez más. Ateridos, entumecidos, las manos doloridas por el contacto con el helado acero de las armas.
    Los ingleses aparecieron como buscándolos, desplazándose hacia la zona de muerte de la emboscada. Eran las fuerzas de elite del SAS.
    Vizoso recuerda: "Su presencia había sido advertida por el escalón de seguridad del teniente Rivas que estaba ahí y nosotros del otro lado. Mientras daban la voz de alarma, dejaron pasar la vanguardia inglesa compuesta por alrededor de 10 soldados, lo que indicaba que se trataba de una fuerza completa de entre 20 y 30 hombres. Entraron por la derecha y nosotros estábamos casi en el extremo izquierdo, y por esas cosas de la guerra, el alerta rojo no llegó al escalón apoyo que integrábamos Cisnero y yo”. De pronto, sintió tensionada la espalda de Cisnero. Giró la cabeza hacia él, sorprendido. Vio cuando abrió fuego con la Mag.
    En aquella emboscada a un grupo de comandos de elite ingleses, el perro murió del impacto de un cohete Law, de 66 mm, que dio de lleno en su pecho que lo mató instantáneamente.
    La onda expansiva levantó a Vizoso por los aires, que cayó pesadamente sobre las rocas. Cuando reaccionó, le preguntó a su compañero
    -"¿Qué te pasa hermano?"
    El silencio fue la única respuesta. Lo dio vuelta tomándolo con sus dos manos. Estaba muerto, con los ojos muy abiertos. Quiso tomar la ametralladora, pero el pedazo más grande era una parte de la culata, otro de la armadura y tramos de la banda con municiones. Después de enfrentar a los ingleses con heroísmo, herido y sangrante, escuchó la llamada de sus camaradas. Estaba salvado. Se dio vuelta y saludó al inerte sargento.
    -Chau, Perro, hasta el encuentro con la eternidad. Lo tocó y se fue casi desangrándose.

    Escrito encontrado en la libreta de combate del Sargento Mario Antonio "perro" Cisneros. Caído en combate en la Gesta de Malvinas en 1982.

    Oh Dios, señor de los que dominan, Guía Supremo que tienes en tus manos las riendas de la vida y la muerte.

    Escúchame:

    Haz, Señor, que mi alma no vacile en el combate, y mi cuerpo no sienta el temblor del miedo. Haz que te sea fiel en la guerra, como lo fui en la paz. Haz que el silbido agudo de los proyectiles alegren mi corazón. Haz que mi espíritu no sienta la sed, el hambre, el cansancio y la fatiga, aunque lo sientan mis carnes y mis huesos.
    Haz que mi alma, Señor, esté siempre dispuesta al sacrificio y al dolor, que no rehúya, ni en la imaginación siquiera, el primer puesto de combate, la guardia mas dura en la trinchera, la misión más difícil en el ataque. Pon destreza en mi mano para que el tiro sea certero, y caridad en mi corazón. Haz, por favor, que sea capaz de cumplir lo imposible, que desee morir y vivir al mismo tiempo. Morir como tus Santos Apóstoles, como tus Viejos Profetas, para llegar a Ti. Señor te pido que mi cuerpo sepa morir con la sonrisa en los labios, como murieron tus mártires.
    Te ruego mantengas mi arma en vela y mi oído atento a los ruidos de la noche. Te pido por mi guardia constante en el amanecer de cada día y por mis jornadas de sed, hambre, fatiga y dolor. Si llegara a cumplir estos anhelos, podrá entonces mi sangre correr con júbilo por los campos de mi Patria, y mi alma subir tranquila a gozarte en el tiempo sin tiempo de la eternidad.
    Señor, ayúdame a vivir, y de ser necesario, a morir como un soldado.
    Concédeme Oh! Rey de las Victorias, el perdón de la soberbia. He querido ser el soldado mas valiente de mi Ejército y el argentino más amante de mi Patria. Perdóname este orgullo, Señor.
    SIN SANGRE NI LAGRIMAS,JAMAS HABRA GLORIA

  7. #7
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    Última edición por imara78; 10/11/2009 a las 23:53
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  8. #8
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    Predeterminado Respuesta: historia de nuestros heroes

    Excelente relato IMARA, la verdad muy bueno y la poesia del final te pone la piel de gallina, es mas me dan ganas de retroseder el tiempo y ser un defensor mas ante los ingleses.

    Yo les dejo la historia de otro heroe que como a todos estos les sobravan los HUEVOS.

    TUBE LA EXPERIENCIA DE MATAR INGLESES...



    Recuerdo que en esa época tenía una novia en Ranchos. Cuando llegué a casa, (era un día viernes), encontré a mi madre llorando y mi padre con una cara que no era la habitual. (me dí cuenta que algo pasaba).

    Me dijeron que estaban mandando cartas de reincorporación y aquel que no la recibiera debía presentarse en forma espontanea a su unidad.

    Llamé por teléfono al Regimiento Nro. 7 de La Plata. Me confirmaron el comunicado, así que me bañé y fui para allá. Cuando llegué, nos hicieron poner la misma ropa que los chicos de la clase ´63 que venían del campo. (cosa que no me gustó).

    Nos tuvieron en el regimiento hasta el martes 13, de allí nos llevaron en micro hasta el Palomar, luego en avión hasta Río Gallegos y después en un Hércules hasta Malvinas.

    Yo fuí por una cuestión voluntaria y de convicción, cada uno tiene su forma de pensar, si mis compañeros iban y yo no, me hubiera sentido la peor basura del mundo.

    En Malvinas estuve un tiempo como asistente del Tte. Cnel. Giménez, junto a otro soldado de apellido Martelli, de La Plata. Realicé distintas tareas, como cavar pozos de zorro, etc. Yo tenia que laburar y Martelli andaba detrás de Giménez.
    La posición que tomamos era una formación rocosa y en desnivel, a 4 kilómetros de Puerto Argentino, en el monte que estaban los Royal Marines.

    El Tte. Cnel. Giménez tomó con Martelli una posición al costado, yo quedé con el Capitán Ferreyra de Inteligencia, y los soldados Bigot y el "Cordobés" .

    Al principio no entendíamos nada, creo que la gente no estaba concientizada que estábamos en guerra, hasta el 1º de mayo, que los ingleses comienzan con las acciones bélicas.

    Recuerdo las fragatas que pasaban a unos 300 metros nos descargaban su artillería y nosotros no teníamos siquiera un cañón de costa. La impotencia era muy grande. Así fue el primer día. No podíamos dormir, teníamos una incertidumbre amarga, pero con el correr de los días la fuimos superando.

    Nos acostumbramos al cañoneo y a los ataques aéreos, es más, hasta lo tomamos con risas.

    Un mediodía veo a dos aviones ingleses a baja altura viniendo del mar, sólo pude ponerme el casco y tirarme, las balas me pasaron a 50 cm.

    Los mismos aviones bombardearon con cohetes a la 10ma. Brigada, que se encontraba debajo del monte.

    Siguieron con cañoneo hasta las 3 o 4 de la tarde. Recuerdo que ese día le dije al "Cordobés" que me acompañara a buscar comida, me respondió que estaba loco, bueno le dije, cuando vuelva subiendo dame una mano. Habían evacuado a la 10ma. Brigada, estaba todo destrozado, lo primero que agarré fue una manta, la llené con comestibles; pasas de uva, leche en polvo, comida enlatada, la cargué tanto que no podía levantarla. Lo que pasaba es que comíamos salteado, con los ataques aéreos cortaban el "rancho", en una oportunidad que no había nada que comer rescaté una panzeta grandota, unas papas y unas cebollas. Todo lo que conseguíamos lo compartíamos. (ese era el lema).

    Les pudo asegurar que raspábamos la olla cuando comíamos. Llegó el momento que quedaron sólo algunas cebollas. Yo las tiraba arriba de las brasas y las comimos asaditas, eran un manjar, cosa que quise hacer aquí y ni parecido me salieron.

    Lo que se decía acá, en el continente, de que estábamos bien, con buen espíritu, que hacíamos fogones, donde yo estaba no era así.

    En Malvinas escuché por radio que las tropas argentinas se metieron al mar peleando cuerpo a cuerpo con los ingleses, cosa que me cayó muy mal, porque no era verdad. De dos compañías de tiradores de 70 y pico de personas sólo habían quedado 30, los demás murieron.

    Para criticar hubo muchas cosas. He visto a algunos suboficiales dejar a los soldados y salir corriendo. En una oportunidad, un Capitán ordenó al Tte. 1º Guidovono replegarse, y éste martillarle el FAL en la cabeza y gritarle que se vaya, que él se quedaba con todos los chicos. Fue la noche del 13 de junio que estábamos peleando prácticamente cuerpo a cuerpo con los ingleses.

    Una noche estábamos por dormir, le dije al "Cordobés" que viniera a la carpa, porque al chico este ... Martelli lo había echado, porque conmigo no fue una buena persona, el "Cordobés" dormía en un camión prestado al Regimiento, nos fuimos a una carpa situada a unos 20 metros, entre las piedras, al rato comenzó el cañoneo naval y el camión quedó destrozado, agujereados por las esquirlas. El "Cordobés" salvó su vida.

    Desde varios días atrás yo estaba mentalizado que no volvía a casa. Estaba dispuesto a morir, pero no a caer prisionero.

    Recuerdo que una noche estábamos festejando el cumpleaños del Tte. 1º Carvenier, yo repartía dulce de batata a mis compañeros, estábamos en pleno tiroteo, en pleno bombardeo. Después nos replegamos, bajamos del monte, yo llevaba el FAL, una bolsas de rancho con 400 tiros y 2 granadas.

    Las balas trazantes nos pasaban arriba de la cabeza. Nos dirigimos a Puerto Argentino, a mitad de camino nos encontramos con el Mayor Carrizo, que venía con una columna de gente para tomar las posiciones que se habían perdido. Haba gente que quería volver y otra no. El Mayor Carrizo ordenó a los que tenían el armamento completo ponerse de un lado y a los que no de otro. A las oscuras se vio gente que se ponía del lado del Mayor y otros que tiraban las armas y se iban del otro lado. Recuerdo que estaba con el "Cordobés" y el otro muchacho ...Bigot. El "Cordobés" no era de nuestro Regimiento sino de Seineldín, pero nos ligamos los tres en una especie de amistad y una mirada bastó para saber que teníamos que hacer. Así que seguimos al Mayor Carrizo, avanzamos unos 1.000 metros y nos empezó a caer la artillería inglesa, nos replegamos y volvimos a Puerto Argentino.

    Nos metimos en un galpón grande, y se formó una compañía de voluntarios, yo fui uno de ellos, en ese momento tenía un FAP que lo había cambiado cuando fuimos a retomar las posiciones, fuimos a apoyar a los chicos que habían quedado aislados en el trayecto del camino. Aguantamos unos minutos y nos volvimos a replegar.

    Cuando aclaró pudimos ver a los ingleses, ya estábamos rodeados. No sabíamos que iba a pasar, hasta el mediodía cuando vimos la bengala blanca.

    La mayoría nos sentimos mal por habernos rendido y por haber entregado lo que era nuestro. Yo creo que los chicos no estábamos preparados para ir a una guerra.

    Yo estoy muy orgulloso de haber ido a Malvinas, aunque hubo cosas que no salieron bien, por culpa de los jefes : Logística, un desastre, porque habiendo tanta comida, cigarrillos, mantas, abrigos, etc., nosotros no recibimos nada.

    Recuerdo cuando subimos al Camberra de regreso al continente, nos dieron de tomar algo en un vasito, calentito y muy rico, no me pregunten que era porque no sé. Nos llevaron en grupos a los camarotes, estuvimos 4 días mas o menos alrededor de las islas moviéndonos de un lado a otro. En el continente no le daban puerto para atracar porque era inglés.

    En el Camberra, los ingleses nos atendieron muy bien, yo francamente no pensaba que fuera así. Recuerdo que entablamos conversación con un soldado paracaidista, por intermedio de un dragoneante que hablaba más o menos inglés. Comentábamos que la guerra había terminado, que muerto el perro muerta la rabia, yo lo tomo de esa manera.

    Recuerdo que una vez estuvimos formados para ir a comer, hablamos con otro muchacho y nos mandamos la piolada de regresar nuevamente al comedor. La comida no era mucha pero era muy rica. Cosa que nada que ver con los argentinos. Fue así que nos salió bien y fuimos a comer por tercera vez. Pero ...¿qué pasó ? teníamos una tarjeta de identificación por sector, la nuestra era verde y la de los soldados que bajaban era roja. Entonces nosotros nos guardamos la tarjeta debajo del Duvé.

    vUn oficial inglés se dio cuenta que era una piolada y nos sentó en una mesa aparte. Pensé que estaba mal lo que habíamos hecho y si recibíamos un castigo era bien merecido. Pero comimos otra vez. Tomé un cigarrillo y el oficial inglés extendió su mano y me dio fuego. No sabíamos que hacer, nos preguntó si estábamos bien, le respondimos que sí, y con la mano nos indicó el camino a los camarotes. Son cosas que el ejército nuestro no hubiera hecho.

    El comportamiento de algunos oficiales argentinos dejó mucho que desear, por ejemplo el principal Spinetti, cuando bajo un Hércules, casi se mata corriendo desesperado y lo he visto en el Camberra insultando a los soldados. Claro, como había terminado la guerra retomó las tiras y hasta le pegó a un soldado, y éste no reaccionó, ni sus compañeros, tal vez porque estaba la guardia inglesa. No sé porqué le pegó, pero no tenía justificación. Porque eso fue como pegarle a un chico, porque era cojudo o porque se la bancaba o algo así, y en la isla eso no lo demostró para nada. Tuve la experiencia de matar ingleses, también perdí muchos compañeros, y es el día de hoy que no tengo remordimientos. Lo tomo como algo que teníamos que hacer y lo hice nomás. Yo volvería otra vez a Malvinas. Soy católico, creo en la Iglesia y sus mandamientos, pero en una situación como ésta se sobreentiende que es tu vida o la del otro la que está en juego, con esto no quiero decir que esté permitido, no sé explicarlo. Aparte yo no digo que haya estado mal o bien lo que pasó ..., pasó y punto.
    En Defensa de la Patria Solo Dios Juzgara Nuestras Acciones...

  9. #9
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    Predeterminado Respuesta: historia de nuestros heroes

    gracias por compartirlo amigo muy buena tu historia te mando un saludo!
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  10. #10
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    Predeterminado Respuesta: historia de nuestros heroes

    Esta es la carta de un soldado le escribio a su familia antes de morir y su hermano en un gesto de homenaje le envio una carta a su fallecido hermano

    ]José Luis del Hierro tenía 19 años en 1982. Había terminado el colegio secundario en el Instituto Peralta Ramos de los hermanos Maristas de Mar del Plata. Como estaba estudiando Ingeniería en la Universidad de La Plata, hizo el servicio militar en el Regimiento 7 de Infantería de la capital bonaerense, “para no perder el año...”.

    José Luis del Hierro había sido dado de baja en noviembre de 1981 y fue reincorporado el 9 de abril de 1982. Murió en la madrugada del 14 de junio de 1982, cuando las tropas se replegaban hacia Puerto Argentino, bajo un cielo iluminado por el fuego de las bombas.

    La familia Del Hierro lo fue a buscar a la puerta del Regimiento una semana después, porque nadie del Ejército avisó sobre la suerte que corrió. Lo estuvieron esperando desde las 8 de la mañana, junto a otros familiares. En la madrugada del día siguiente llegaron unos pocos colectivos, pero José Luis no bajó.

    Ahí empezó el derrotero de la familia en su búsqueda. Pasaron nada menos que nueve meses sin noticias. Desesperados, decidieron que papá José María viajara en marzo de 1983 a Ginebra, sede de la Cruz Roja Internacional. Fue allí, fue la Cruz Roja, la que informó que José Luis del Hierro había muerto. Y que su cuerpo había sido sepultado en las Islas Malvinas, después de estar cubierto por la nieve durante cinco meses.

    25 años después, es la primera vez que se cuenta la historia de José Luis.




    AKI LA ULTIMA CARTA DE EL SOLDADO ARGENTINO


    Islas Malvinas 7/06/1982

    Queridos papá, mamá, Juani y Juanjo:

    Perdonen que hace 8 días que no les mandaba nada, pero aquí nos dijeron que no sale ni entra nada. Yo igual voy a intentar mandar una. Sí, me llegó telegrama del 24 de ustedes y de Cristina y también me llegó ayer uno del 29 pero no se entiende nada, no está firmado pero pienso es de ustedes. La última carta de ustedes de Mar del Plata es del 11/04 y después nada más. Mi última carta es la que les mandé desde el hospital el 29/04 o el 30/04.

    Me imagino lo preocupados que ustedes estarán por las últimas noticias. Es cierto que los ingleses están muy cerca, pero a mi puesto de combate les juro no me ha venido ninguno a “visitar” y espero no lo hagan.

    Hay que seguir rezando y pidiendo a la Virgen para que esto se arregle en “paz” y se acabe ya. Cada vez tenemos más ganas de volver cada uno a su casa sea como sea, ganando o perdiendo, pero volver y pronto. Al final se nos quedó en el tintero el viaje, pobre papá, tanto juntar y organizar y yo le tiré abajo todo, aunque deslindo responsabilidades en el loco de nuestro presidente y su desvelo de grandeza.

    Acá todos, pero todos, lo agarraríamos del fundillo de los pantalones y lo pondríamos como nosotros 55 días; en estos pozos. Y yo con él a todos esos patriotas de ciudad que por lo que ustedes dicen allá está minado. Acabé el discurso. Ja. Ja.

    Espero yo llegar de esto, antes que la carta, así no los preocupo más con esto, pero es hora que sepan lo que pensamos nosotros de Malvinas.

    Bueno nada más, besos y abrazos para los cuatro, siempre, siempre los tengo en mis pensamientos.

    Los quiero mucho.

    Chau, José Luis




    Y 25 AÑOS DESPUES SU HERMANO LE ESCRIBE UNA CARTA RESPONDIENDOLE CONFIANDO QUE DONDE SE ENKUENTRE LA RECIBIRA

    Hoy ni mi mamá ni mi papá están con nosotros. Se fueron con él, demasiado pronto, demasiado jóvenes, ya que no pudieron soportar una ausencia tan larga.

    José Luis, mi hermano, no quería ir a la guerra, no quería ponerse la ropa de combate, camuflarse, matar gente… No quería pelear con un enemigo que escuchaba la misma música que él: Queen. No quería ser –como fue su destino– “un héroe de Malvinas”.

    José Luis, a sus 19 años, estaba iniciando la carrera de Ingeniería Aeronáutica en la Facultad de Ingeniería de La Plata. Quería ser un profesional, formar una familia y vivir la vida que Dios le había dado en esta bendita tierra.

    Pero, lamentablemente, en el año ’82 el presidente de aquel entonces y el patriota de ciudad –al cual vos te referís en la carta– invadieron las Malvinas y fueron de celeste y blanco a la Plaza de Mayo. Ellos, los patriotas de ciudad y su presidente, les gritaron a los ingleses “si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”, pero lógicamente desde Buenos Aires, bien lejos de la guerra.

    Ese patriota de ciudad fue exitista al comienzo del conflicto, pero una vez que se perdió la guerra, les dio la espalda a los ex combatientes en su vuelta al continente, porque no podía aceptar la derrota. Fue por eso que se sentó delante del televisor a ver el Mundial de España ’82, ya que para él Malvinas había terminado, mientras vos quedabas tirado bajo un desolado manto de nieve y nosotros te buscábamos durante un año, por nuestro país y por el mundo sin saber qué había sido de vos.

    Tu patriota de ciudad, José Luis, hoy sigue caminando por las calles que vos y tus compañeros caídos no pueden caminar, y sigue poniéndose la escarapela bien grande para todas las fechas patrias, aunque aproveche ese día para tomarse un fin de semana largo de descanso.

    Tu patriota de ciudad llena un lugar en los palcos oficiales, en las calles, para repetir una vez más, en estas fechas, que las Malvinas son argentinas y cantar el himno bien fuerte, especialmente la parte que dice: “...con gloria morir”, siempre y cuando no le toque a él, porque él debe seguir siendo un patriota. Asimismo, el cobarde indolente y mariquita de uniforme bien planchado que te mandó al frente con hambre y frío, mientras él planeaba desde su bunker con calefacción y buena comida cómo vos tenías que resistir en una trinchera, hoy –ese mismo criminal– está entre nosotros, condecorado como un valiente… militar.

    Gracias a vos y a tus compañeros hoy vivimos en una democracia que nos permite decir lo que en la guerra y en el regimiento no podías manifestar, pero lo sentías.

    Hermano, debo decirte la verdad: lamentablemente tenías razón, tu patriota de ciudad no te respetó, te mandó a la guerra y te olvidó.
    Los únicos que te respetamos, que te queremos y no te olvidamos somos tu familia, tus amigos y tus compañeros, “los soldados ex combatientes” que sufrieron y sufren al patriota de ciudad igual que vos.

    Quedate tranquilo, para nosotros también estás, siempre, siempre, en nuestro pensamiento y en nuestro corazón.

    Juan José del Hierro
    SIN SANGRE NI LAGRIMAS,JAMAS HABRA GLORIA

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