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  1. #1
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    Predeterminado Volando en Glenn Martin por la Patagonia

    Les dejo un pequeño relato que describe las peripecias de los pasajeros que volaban en la Patagonia durante los 40.

    Volando en Glenn Martin por la Patagonia
    Por el Sr. Enrique S. Indra



    RIO GRANDE, 1946

    Cuando la flamante camioneta Ford 46 de Vialidad nos dejó en el campo de aviación de Río Gallegos, los que íbamos sentados en la caja descubierta estábamos duros de frío.

    En un pequeño galpón a dos aguas que hacía de "aeropuerto", sin más instalaciones que la manga para indicar la dirección del viento, afortunadamente tenían un tacho de hierro encendido, donde nos calentamos las manos, a la espera de los pilotos. A un costado, amarrado con riendas y estacas, con los dos motores protegidos por capuchas de lona, estaba el Glen Martin de bombardeo de la Aviación Naval, adaptado como avión correo entre Gallegos y Ushuaia.

    La mañana de pleno sol se estremecía de frío en ese crudo mes de julio. El viento, todavía estaba en calma; pero el aire congelaba los pulmones. Los cuatro pasajeros, entre los que se hallaba un personaje enviado por la Presidencia —según decía—, zapateaban y se restregaban las manos ateridas. El encargado del campo, apiadándose de nosotros, nos sirvió unos mates que reconfortaron el ánimo. Hacía una semana que viajaba por tierra para volver a Ushuaia, después de un viaje urgente a Buenos Aires por la salud de mi madre. Primero el largo viaje por el Ferrocarril del Sur, desde Constitución a San Antonio Oeste. Ahí me alojé en un hotelito donde me dieron una botella de cerveza, llena de agua, para lavarme las manos y la cara. En ese entonces, el pueblo carecía de ella y la única disponible la traía un vagón tanque del ferrocarril. Aún no se había construido el canal de Porrona, que 25 años después resolvería el problema. Desde San Antonio Oeste, reanudamos la marcha durante cuatro interminables días rodando por la primitiva Ruta 3, en lenta marcha sobre colchones de ripio que martillaban la carrocería con el golpeteo de una remachadora. Mientras el micro de los Transportes Patagónicos, roncaba exhausto en las subidas o rolaba como un bote en las desigualdades del camino. Escalas nocturnas en las oscuras poblaciones de Madryn, Comodoro Rivadavia, Puerto Deseado. Cruce de la balsa, halada a mano, en Piedrabuena, y, finalmente, Santa Cruz, Gallegos, donde me alojé en el Hotel Covadonga.

    En la severa austeridad de aquella época, Obras Públicas de la Nación, para ahorrar el costo del pasaje en la Aeroposta, sólo nos facilitaba el pase oficial por ferrocarril a San Antonio Oeste, o en la tercera clase de algún buque de los Transportes Navales, de incierta salida e imprevisible llegada. Pero como yo tenía urgencia en regresar a Ushuaia opté por el viaje por tierra.

    En Gallegos, me presenté en el Hotel España donde se alojaban los pilotos, con una nota del ingeniero Caviglia, jefe de las obras del Puerto de Ushuaia, en la que pedía mi traslado a la Isla Grande. El suboficial mecánico que me atendió me informó que el pasaje para ese vuelo estaba completo; que hasta la semana próxima no podría viajar, pero que a lo mejor, en esos días arribaría el "Pategonia" y podría seguir viaje en él. Desconsolado y abatido, haciendo preocupantes cálculos sobre lo que me costaría alojarme por una semana en Gallegos, me retiraba del hotel, cuando salió el Capitán, quien con la nota en la mano me dijo: "El pasaje está completo, pero por las dudas mañana vaya al campo, por si falla algún pasajero. La camioneta de Vialidad pasará a recogerlo."

    LOS VUELOS DE AYER

    Esperanzado y contento de poder continuar viaje, allí estaba ahora; metido en mi sobretodo, con el cuello levantado, los pies insensibles, aguardando el milagro de un lugarcito.

    A las diez de la mañana apareció una camioneta rural con el piloto, el radiotelegrafista y el mecánico. Saludaron cordialmente a todos los presentes y el mecánico hizo un llamado: "Necesito dos voluntarios para arrimar aquellos tambores de nafta." Dejé mi humilde valijita y fui de los primeros en acercarme a un montón de tambores de YPF, desparramados en las inmediaciones. Con las manos desnudas, fui haciendo rodar el pesado tambor de 200 litros sobre los pastos escarchados. Fuí el primero en llegar junto el avión. Con una bomba a reloj y una manguera, el mecánico empezó a llenar los tanques. Al rato, pidió ayuda. Para sacarme el frío y también para ganarme la buena voluntad, bombeé sin descanso y con energía un tambor entero. Se me fue el frío y exhalaba bocanadas de vapor como una locomotora. Volví a rodar el segundo tambor. Entre varios pasajeros y el mecánico completamos la carga de combustible. Luego, el suboficial empezó a dar pala para el arranque. Una vuelta, otra, otra, otra y... ¡nada...! El motor, mudo. Pasó al otro motor. Tampoco hubo respuesta. Trajeron una pequeña escalerita del galpón y el mecánico sacó unas bujías, las limpió y, con una pinza, las calentó en el brasero y corrió para instalarlas. "Listo"...! —gritó— y le dio una vigorosa vuelta de pala. El motor pegó tres explosiones entrecortadas, arrojó mucho humo por el escape y se detuvo. Nuevas vueltas de palas y ¡qué maravilla...! arrancó decidido, desafiante, quebrando el silencio patagónico. Minutos después arrancó también el segundo.



    El mecánico miró su reloj, contó los pasajeros, consultó una lista. Falta uno —gritó al piloto. Yo me acerqué temeroso y suplicante: "¿Puedo subir entonces...?" —me miró, sonrió y preguntó a los gritos: "Lo llevamos a éste?"— El Capitán asintió con un gesto y trepé al aparato.

    RIO GRANDE

    El vuelo habrá durado como una hora, pero me pareció interminable. Ese bombardero de la década del treinta, poderoso y veloz para su época, desarrollaba un poco más de trescientos kilómetros. Modificado para llevar pasajeros en vez de bombas, con su interior sin forro, con sus costillas y remaches al aire, atravesado por los cables de los comandos, tenía una profunda panza que parecía un tembloroso túnel de metal. Apoyados sobre colchonetas y cubiertos con mantas que olían a gasoil o nafta, íbamos acurrucados como bultos, en medio de un trepidar que partía los tímpanos. Un frío tremendo se colaba por alguna parte. Una heladera volante, que subía y bajaba en caídas que empujaban el estómago a la garganta. El extraño enviado de la Presidencia estaba pálido, descompuesto y largó los archivos en un extremo de la máquina. Por fin tocamos tierra. Habíamos aterrizado en el viejo aeródromo del frigorífico, en la margen derecha del Río Grande, donde debía bajar un cabo de la Prefectura y subir el comisario Díaz —el "andaluz"— rumbo a Ushuaia. Además, se bajó y recogió la correspondencia y unos paquetes. Todo fue rápido y el avión enderezó rumbo a la pista de pedregullo. Tomó posición de despegue y probó los motores. Carraspeó de uno de ellos. Nuevas aceleraciones; nuevos tartamudeos. Algo no andaba bien. Se nos dio la orden de bajar a tierra. "Acomódense en el galponcito. En un rato salimos" —nos aconsejó el mecánico. Y allá fuimos. Sobre el alambrado del frigorífico, miles de cueros de capones secándose al viento que empezó a soplar con fuerza del oeste. Todo nublado y cubierto hacia el sur. Mal tiempo. Del frigorífico trajeron una escalera y el mecánico y el telegrafista, aunque protegidos por sus gamulanes de vuelo, pero sin guantes, desarmaban a la intemperie conexiones y contactos. El tiempo pasaba. No hubo prueba de motores. Se hicieron las doce. El pito del frigorífico anunció la hora del almuerzo. De algún lado llegaba un apetitoso olor a asado o comida. Mientras tanto nosotros, estábamos junto a la estufita del galponcito del puesto policial, con un hambre que nos retorcía las tripas. Llegó una camioneta del frigorífico y toda la tripulación se fue en ella. El comisario Díaz, sin decir palabra también se fue. El mecánico nos había anunciado que vendría un camión a buscarnos para ir a Río Grande, para almorzar, pero el camión no apareció. El "enviado" oficial de la Presidencia, estaba que trinaba. Despotricaba contra el avión, la tripulación, la "falta de organización". Estaba furioso. Encima, se había ensuciado un impecable sobretodo y hablaba de quejarse el Gobernador por el "mal trato". Los que estábamos acostumbrados a las peripecias de los viajes patagónicos, por dentro nos reíamos, tratando de calmarlo, narrando viejas anécdotas sobre los azarosos viajes por mar.

    Nos quedamos solos, refugiados en el estrecho galponcito, con una estufita casi sin leña, sin pava ni mate; estábamos sólo con el desayuno de la mañana, abandonados, esperando un camión que no venía. Leí y releí arrugadas revistas amontonadas en un estante. El tiempo se puso plomizo, con ganas de llover.

    Volvieron los tripulantes y se dirigieron al avión detenido en la cabecera de la pista. Nosotros los mirábamos ansiosos, ir y venir, subiendo y bajando la escalerita. Cerca de las cuatro de la tarde el Capitán nos anunció: "Si arranca, enseguida salimos." Esperamos impacientes. Los mismos preparativos, las vueltas de palas. Pero esta vez, los motores arrancaron uno tras otro, trasmitiendo su poderoso roncar que se extendió por los campos fueguinos. Parecía que por fin, terminaría la espera. Pero de pronto, los motores se apagaron y sólo quedaron, girando lentamente, las elegantes hélices tripalas. Vimos descender al Capitán y al radiotelegrafista. "Mala suerte muchachos; el meteoro de Ushuaia nos avisa que está todo cubierto, todo cerrado. Por hoy, ya no podremos entrar. Tendremos que ir todos a Río Grande para salir mañana".

  2. #2
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    Predeterminado Respuesta: Volando en Glenn Martin por la Patagonia

    VARADOS

    A las seis de la tarde, muy oscuro, recién llegamos al pueblo en un camión volcador, después del largo rodeo atravesando el antiguo puente colgante. Pernoctar en Río Grande, me planteó un problema imprevisto. Me había quedado prácticamente sin dinero, de modo que lo primero que hice, fue ir al Correo para hacer una extracción de mi Libreta de la Caja Nacional de Ahorro, la segura y práctica tarjeta de crédito de aquel entonces. Pero la oficina ya estaba cerrada, según me informó un empleado. Afligido por el contratiempo, ya de noche, me corrí al Hotel Villa, pero no tenían alojamiento. Me aconsejaron ir al Hotel Comercio, un local sombrío de chapa y madera, frío y oscuro. Me mostraron una pieza al extremo de un corredor vidriado. Cuando abrieron la puerta, salió un aire helado con olor a humo y humedad. Una cama, un ropero, varias frazadas, y, nada más. Pero por lo menos, tendría donde dormir.

    Regresé al Hotel Villa en cuyo comedor, con lo poco que me quedaba, almorcé y cené al mismo tiempo: sopa espesa de arroz con mucha pimienta y un rico capón al horno con papas. El ambiente era cálido y la atención cordial. Se me había pasado la angustia de la postergación del vuelo. Me sentía contento. Algunos obreros del frigorífico, conversaban en voz alta por cuestiones de trabajo. En una mesa aparte cenaban el suboficial mecánico, el radiotelegrafista y el operador de la estación de radio de Río Grande. En eso llegó el señor Balado, jefe del Correo: —"¿Usted me anduvo buscando...?" —me saludó amablemente, pues nos conocíamos de Ushuaia. Le expliqué mi situación.

    -No se preocupe; mañana a las 9,00 pase por la oficina.

    -Es que a lo mejor salimos temprano y no tendré tiempo.

    -No se preocupe; si no tiene tiempo, al hotel puede girarle, pero no creo que salgan antes de las once, porque el tiempo está malísimo en Ushuaia. Recién me lo informó Mata por la radio. Ahora está nevando cruzado.

    NOCHE DE PERROS

    Casi no pude dormir de frío. Me habían dado una botella con agua caliente para calentar la cama, pero las sábanas, las frazadas, parecían mojadas y escarchadas. En las paredes brillaban finos cristales de hielo. Afuera, bajo la luna llena, 15 grados bajo cero. A la madrugada, duro de frío, me levanté, abrí la hornalla apagada de la estufa del pasillo y prendí fuego a los diarios que traía de Buenos Aires. Con gran dolor, capítulo a capítulo, fui arrancando y quemando las novelas "Sotileza" de José María de Pereda y "Resurrección" de León Tolstoy, que llevaba como lectura de viaje. Así, entibiado por el calor de la literatura, esperé el amanecer helado, mientras el viento barría las desiertas calles de Río Grande.

    Tomé el desayuno y me fui al Correo. Puntual, hice la extracción de dinero y pagué mi alojamiento y, a la disparada, me dirigí al Hotel Villa donde se alojaban los pilotos, pero ahí me informaron que todos se habían ido para el campo de aviación. Me anduvieron buscando, pero al no hallarme, el camión partió con los pasajeros. El avión saldría enseguida, porque el tiempo estaba mejorando en Ushuaia.

    Mi desesperación no tenía límites. Y ahora, ¿qué podría hacer...? En el Villa me aconsejaron que fuera hasta el muelle y que cerca de la casilla de la radio, estaba la garita del botero Triviño. Él me podría pasar al otro lado del río. Allá me fui corriendo, resbalando sobre la escarcha. El botero, tomaba café junto a otro hombre. —"Sí, yo lo cruzo, pero ahora estoy esperando a un empleado del frigorífico." —me dijo indiferente a mi apuro—. "Es que el avión está por salir" —insistí. —"No se aflija; lo esperarán" —me tranquilizó calmosamente. Minutos después cruzamos el río. Fuerte corriente hacia el mar; grandes trozos de hielo en las riberas y témpanos flotando. El botero, un gran baquiano, con la experiencia de años, remó corriente arriba un larguísimo trecho y luego enderezó hacia el muelle del frigorífico ayudado por la corriente. Desembarqué junto al "Lucho II" que había amarrado el día anterior. Estaba pisando tierra cuando sentí tronar los motores del Glenn Martín. Se me encogió el corazón. —"Lo están calentando." —comentó el botero, mientras le pagaba. Corrí por el campo hacia el galponcito del aeródromo. No había nadie. Mientras recogía las calzas de las ruedas y quitaba las estacas con que se amarraba el avión, el mecánico me hizo señas que me apurara.

    Después de una corta carrera contra el viento sobre la pista de tierra, el histórico bombardeo cobró altura con los motores a plena potencia. Encerrados y amontonados como bolsas de papas, nada veíamos, pero escuchábamos como música divina, el ronronear sereno, reposado y firme de ese inolvidable avión de guerra, convertido en correo austral.



    Poco después aterrizamos en Ushuaia, toda nevada, con los montes Martiales, el Olivia y el Cinco Hermanos débilmente iluminados por el sol macilento del invierno. Ese día, cumplía mis primeros 23 años...



    Fuentes:

    - “El Condenado del Fin del Mundo” de Enrique S. Indra
    - “Martín 139W, WAA & WAN en Argentina” de Jorge F. Nuñez Padín y Fernado C. Benedetto
    - Indice General de Histarmar




    Saludos amigos

  3. #3
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    Predeterminado Respuesta: Volando en Glenn Martin por la Patagonia

    muy lindo me gusto mucho
    pero que feo avión por dios
    "La Argentina es un país riquísimo que hasta ahora ha sido saqueado por propios y extraños"

  4. #4
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    Predeterminado Respuesta: Volando en Glenn Martin por la Patagonia

    Cita Iniciado por lolos Ver mensaje
    muy lindo me gusto mucho
    pero que feo avión por dios
    -Muy buen relato, y ahora nos quejamos por que el avión llega una hora tarde

    -En cuanto al Glenn Martin W139 (B-10) para los años treinta era como
    los Tornado IDS hoy




    Saludosss

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