EL ÚLTIMO DESPEGUE

Charito Germanó fue una mujer que deslumbró por su historia, por su amor por la aviación. Dueña de una personalidad que fascinaba, fuerte y decidida, elevó a la mujer argentina por los invisibles caminos del cielo
Oscar Filippi
Ayer, martes 23 a las 21.00hs falleció Charito Germanó en Mar del Plata, inició así su último despegue, en vuelo nocturno, como le gustaba… en busca de esas mismas estrellas a las que un día eclipsó. Ella fue la “Dama Alada” de nuestra aviación, como decimos los aviadores que tuvimos el inmenso gusto de conocerla y disfrutar de su amistad, “Charito fue un ángel, que envuelto en la bandera de Francia, Dios le regaló a la Aeronáutica Argentina”.

Amanece sobre Rouen, corre el año de 1940, dos pequeños cazas Dewoitine D-520 de l’ Armée de l’ Air, dan plena potencia para elevarse. El Capitán George Janfreu, es el líder de la sección. Más de 30 cazas alemanes sobrevuelan el sector. La “Blitz Krieg” (Guerra Relámpago) se abate sobre la solitaria Francia y en las playas de Dunkerque se ahoga la ayuda británica. En el aeródromo de campaña de la ciudad de Nancy, a muy pocos kilómetros, el Capitán Antoine de Saint-Exupéry(*) a esa misma hora escribe: “… – Estamos a fines de Mayo, en plena retirada, en pleno desastre. Se sacrifican los pilotos como si fueran vasos de agua echados en el incendio de un bosque. ¿Por qué pesar los riesgos cuando todo se desmorona? Somos aun para toda Francia cincuenta equipos de Gran Reconocimiento. En tres semanas hemos perdido diecisiete equipos de los veintitrés. Nos fundimos como si fuéramos de cera. Sabemos muy bien que no pueden hacernos otra cosa que arrojarnos a lo hoguera, aunque el gesto sea inútil. Somos cincuenta equipos para toda Francia. ¡Sobre nuestros hombros reposa toda la estrategia del Ejército Francés!”
En esa hoguera, en ese tibio amanecer de esa cruel primavera francesa, el Capitán George Janfreu y su numeral se consumían para siempre en la defensa de los cielos de Francia, en el mismo fuego que en 1944 atraparía también a Antoine de Saint-Exupéry.
Mientras tanto, en la ciudad de Lyon, una pequeña niña, Marie Rosoi Janfreu, esperaba noticias de su padre y el regreso de su mamá que había viajado a la ciudad de París. María del Rosario (de allí “Charito”) jamás volvería a ver a su papá y nunca tendría más noticias de su madre. Ellos fueron dos de los 595.000 muertos y desaparecidos que le cobró a Francia la Segunda Guerra Mundial.
Como una de tantas huerfanitas de guerra, Charito tuvo la suerte, como ella misma lo expresó, de ser recogida por una Orden de Monjas Francesas y ser exiliada a la Argentina antes que concluyera la Segunda Guerra.
Otro amigo aviador que vuela este mismo cielo que nosotros, pero que lo hace con otra bandera pintada en la deriva, Gill Robb Wilson, escribió alguna vez: “… - Muy pocas veces se llama la atención sobre el hecho que para llegar a volar, el hombre ha tenido que recurrir a lo más profundo de su corazón y de su mente. En un grado mucho mayor que en cualquier otra experiencia anterior. No existe nada en la naturaleza física del hombre que lo prepare a volar. Innumerables generaciones han enraizado los instintos humanos a los hábitos limitados por la tierra. Todo aquello que pertenece al vuelo ha tenido que ser inventado… la nave, los instrumentos, los motores, los sistemas de mando, las comunicaciones, los aeropuertos… todo. Y más aún, el hombre ha debido transformar millares de descubrimientos científicos en compromisos prácticos que puedan ser trabajados, dejándose llevar en el proceso de experimentos sin precedentes. Cuando contemplo todo esto, quedo maravillado mucho más por la profundidad de los recursos espirituales e intelectuales del hombre que por las altitudes o las velocidades de sus vuelos. Volar es tanto una proyección del espíritu humano como una apertura en el campo de las ciencias. La ciencia es el servidor. El espíritu es el amo.”
Como un llamado genético, la lucha por vencer la gravedad interior y exterior, por librarse de lo doloroso, sórdido, de la pesada guerra que quedó allá en su Francia natal. La elevación del espíritu y el cuerpo se simbolizaron también en la vida de Charito Germanó. Fue la propia herencia de sangre, fue aquella misma huella que su padre le marcó a ella, en aquellos cielos de Francia y a la que no quiso renunciar. Al hablar con Charito, emergía el retrato del aviador como una raza, sin géneros, sin fronteras ni banderas, que trataba de proyectarse al exterior, pero todavía con mayor fuerza e importancia, interiormente.
Por ello, su vida tuvo una sola meta, ¡volar! Apoyada en su vocación por aquellas adorables monjas francesas, a las que convenció cuando les entregó un hermoso poema que ella misma había escrito. Charito tuvo el mayor instructor que le podían haber conseguido, Santiago Germanó, el mejor piloto de acrobacia aérea de la aviación argentina y quién luego también sería su esposo.
Con él descubrió el rizo (looping), el balance lento, el balance en punta, el medio rizo invertido, el tonel rápido, la barrena, la hoja muerta, la barrena invertida, descubrió que el volar era libertad, que esa libertad era amor y el amor superaría toda angustia y dolor pasado. Que el cielo es esa extensión infinita que une a todo el mundo por igual, no tiene fronteras, no hay límites, no encuentra barreras, no acepta odios ni guerras, por eso es hermano del mar y se abrazan juntos allá en el horizonte.
“… - Para que podamos seguir volando, solo tenemos que revisar nuestro espíritu y nuestra voluntad, si ellos están listos, seguramente habrá un avión esperándonos en alguna pista cercana.” Esta frase de Charito es la que la definía en cuerpo y alma. El verdadero aviador, ese que pertenece a la “raza de aviadores” es el que no depende sólo de la máquina, es el hombre o la mujer, dispuestos a elevarse cada día, espiritual, personal y profesionalmente.
Sus más de siete mil horas de vuelo estaban llenas de récords y triunfos. Uno aún vigente, 963 rizos (loopings) consecutivos, el Maestro Santiago Germanó, demostrando su propia perfección, al ser superado por su discípula, había logrado 960. Fue en 1951, cuando se inauguraron las instalaciones del Aeroclub de Caruhé.
Entre el 15 y el 20 de Junio de 1954, más de 100 aviones civiles argentinos volaron en la famosa “Reboada” para sumarse a los festejos del cuarto centenario de la fundación de la ciudad de San Pablo (Brasil), en ese mega festival aeronáutico sudamericano, Charito Germanó se convertiría en la figura acrobática del evento. Cuando regresaba, volando sobre el golfo de Santa Caterina, un problema de contaminación de agua en la nafta, puso en serio riesgo la vida de Charito. Según relataba, el sólo hecho de pensar que podía ser devorada por tiburones, si amerizaba, fue lo que hizo que lograra mantener el avión en vuelo. En realidad fue su experiencia, al aumentar potencia cada vez que el avión “tosía”, aumentando el caudal de combustible por sobre las gotas de agua que lo contaminaban, perdió altura, pero logró llegar.
Pocos meses después, llevando por primera a vez a Europa, un avión construido íntegramente en la Argentina, el Focke Wulff Fw-44 “Stieglitz”, bajo licencia alemana, compitió en el Campeonato Mundial de Acrobacia Aérea, realizado en la ciudad de Coventry, Inglaterra.

Fuente: Noticias EN VUELO