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La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas

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  • La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas

    La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas

    Tres pilotos tucumanos mostraron su coraje en Malvinas

    El 13 de junio de 1982 el comodoro (r), Antonio “El Tony” Zelaya, 57 años; el capitán (r) Carlos “El Trucha” Varela, 59, y el capitán (r) Luis “El Tucu” Cervera, 53, partieron desde la base de San Julián para atacar objetivos terrestres en el monte Dos Hermanas, en la isla Soledad. Fue esta la última misión de los tucumanos en la guerra de las Malvinas, ya que al día siguiente el Ejército argentino firmaba la rendición.

    “Nos tiraron con todo”, recordó Varela, que fue entrevistado por LA GACETA en Tucumán. Aseguró que, de las siete misiones que participó, esa fue la más difícil. El estuvo al frente de la escuadrilla “Chispa”, mientras que el capitán Zelaya dirigió a la “Nene”. Durante la recarga de combustible, en el aire, el avión de Zelaya chupó combustible, se recalentó la turbina y tuvo que regresar. Cervera asumió como jefe y se puso detrás del grupo de Varela. Sólo siete aviones siguieron en vuelo rasante sobre el mar, una táctica que siempre sorprendió a las tropas inglesas.

    Varela precisó que cuando llegó a la isla, subió por una lomada y se encontró de frente, en la cima, con un soldado inglés a quien casi le arrancó la cabeza con el avión. Comentó que cuando se repuso del encontronazo, vio al frente cientos de soldados, transportes pesados y helicópteros.

    “El comandante Jeremy Moore (quien estuvo al frente de las tropas inglesas en Malvinas) dijo en un reportaje a la revista ‘Siete Días’ que esa fue la jornada en la que más miedo tuvo, porque lo atacaron siete Mirage. “Se equivocó, porque éramos siete A4B”, aclaró con orgullo “El Trucha”.

    Varela precisó que, al ver las tropas inglesas, aceleró a fondo y ordenó tirar las 12 bombas. El tucumano remarcó que en su huida disparó con sus cañones a los helicópteros y a todo lo que se le cruzó en el camino. “Hasta que alguien me gritó: ‘¡Chispa uno... eyección!’”, dijo con vos firme. Uno de los pilotos vio cómo un misil se dirigía al avión de Varela y a los gritos le pidió que se eyectara para no sufrir el inminente impacto.

    “Sentí el sacudón y solté los tanques de combustible. El avión comenzó a temblar y la temperatura de las turbinas llegó al máximo”, detalló. “Bajé la potencia, logré reducir la temperatura y dejé la isla en vuelo rasante para evitar los Sea Harrier”, señaló.

    Precisó que cuando quiso ascender, el avión comenzó a temblar. “En ese momento pensé en eyectarme en tierra. Entonces bajé la potencia un 2%, que es demasiado para estos aviones, y me alejé de la isla”, confesó.

    Detrás de la escuadrilla de Varela venía Cervera con dos aviones más. “El Tucu” recibió a LA GACETA en su casa de Banfield, en el sur del Gran Buenos Aires, y relató su experiencia de aquel día. Recordó que divisó un número mayor de tropas y ordenó a sus pilotos que descargaran todo el material explosivo, luego de lo cual dejaron atrás un campo envuelto en fuego y humo. En la huida, precisó, se encontró de frente con un helicóptero Sea King y le disparó con los cañones. El militar destacó que nunca olvidará ese momento porque pudo ver hasta el casco celeste del piloto inglés. Cervera guarda el mejor de los recuerdos del alférez Guillermo Dellepiane, porque le salvó la vida.“‘Guarda Tucu, un misil por la derecha... por la derecha’, me gritó ‘El Piano’ -era el apodo del alférez–. Giré 90 grados y eyecté los tanques suplementarios, viré hacia la derecha y vi pasar al misil”.

    Pero la tensión no se disipó. “Cuando tomé rumbo a San Julián, me encontré de frente con una fragata”, contó con la misma sorpresa de hace 25 años. “Dije: ‘ahora sí me la dan’. Porque no tenía ni una piedra para disparar”. Y se jugó a su suerte. “Empecé a virar cuando estaba a unos 100 metros. Miré de reojo por los espejos retrovisores esperando que me lanzara el misil. Y... no me tiró”, contó con la misma alegría de aquel momento.

    El 13 de junio, los nervios no tuvieron paz. Dellepiane avisó que tenía poco combustible, porque un proyectil ihabía impactado en el tanque, que comenzó a derramar combustible a chorros. Preguntó a sus compañeros qué hacer: eyectarse o buscar el reabastecedor. “Yo le dije, porque era un gran amigo, ‘Piano’ encomendate a Dios y decidí vos qué querés hacer’”, comentó Cervera.

    “El Trucha” Varela recordó que ordenó silencio y como el oficial más veterano le dijo a “El Piano” que él ya sabía lo que se debe hacer en esta situación. El joven piloto tomó la decisión de buscar el Hércules.
    “‘¡Tengo 100 libras, la puta que los parió... dónde está el Hércules!’, gritó por radio”, relató Cervera. “Le respondí: ‘¡quedáte tranquilo pendejo que llegás!’ Hasta que dijo que tenía cero combustible y, entonces, se produjo un silencio aterrador”.

    Cervera contó que, en ese instante, Dellepiane divisó al Hércules y se lanzó en picada para insertar su caña a la manguera. “‘¡Enganché ‘Tucu’, enganché, la puta madre!’, me dijo por radio. ‘¡Bien pendejo!’, le respondí con una alegría inmensa”, destacó con la misma emoción. Llegaron a San Julián con el último aliento. Cervera lo hizo con cero combustible; “El Piano” colgado del Hércules; al capitán Varela el motor del avión se le clavó y aterrizó en una arriesgada maniobra. “Vinieron todos hechos mierda, pero vivos”, destacó “El Trucha” con la misma satisfacción de aquel 13 de junio. LA GACETA (C)

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    Una decena de buques ingleses esperaban a los pilotos en la bahía de San Carlos.

    Cervera contó su primera experiencia frente a la flota inglesa. En diálogo con LA GACETA pensó en ese momento que nadie salía vivo de ese lugar.

    En la ciudad de Banfield, en el sur del Gran Buenos Aires, LA GACETA entrevistó en su casa a Luis Alberto Cervera, capitán (r), quien relató su bautismo de fuego ante la flota inglesa.
    Recordó que luego de estar casi tres semanas en la base de Río Gallegos la ansiedad crecía y casi no dormían. Hasta que el 24 de mayo de 1982, mientras compartían unos mates con sus compañeros en la sala de pilotos, llegó la ansiada y temida orden: atacar objetivos navales en la Bahía de San Carlos.

    Era una prueba de fuego para los pilotos de loa A4-B Skyhawk porque jamás habían atacado un buque, debido a que fueron entrenados contra objetivos terrestres. Cervera tenía en ese momento 28 años y el grado de teniente y jefe de sección.

    Antes de subir al avión se puso el equipo de supervivencia, aunque en su cabeza no cabía la posibilidad de eyectarse. “Antes prefería explotar en el aire”, aseguró.
    Luego se despidió de su hermano, el primer teniente Blas Ignacio Cervera, quien cumplió tareas en el radar móvil instalado en la zona. “En realidad, yo no sé dónde se sufre más, si arriba de un avión, atacando la flota, o esperando el regreso de un hermano con la impotencia propia del que está sentado frente a una pantalla de radar”, admitió.

    La escuadrilla despegó a las 9.10, desde Río Gallegos, en busca del avión Hércules para reabastecerse en el aire.
    Durante ese tiempo pensó en sus padres y en sus hermanos y en su Tucumán querido. Cuando llegó al Hércules, cargó combustible, conectó el panel de armamento y bajó para seguir el trayecto a ras del agua.

    El jefe de la escuadrilla “Chispa”, el primer teniente Oscar Berrier, descargó una única bomba de 500 kilos y debió regresar a la base.
    Cervera, inesperadamente, tuvo que asumir como jefe de escuadrilla y se ubicó detrás del grupo “Nene”, comandando por el mayor Manuel Mariel.

    Cuando llegaron al archipiélago -recordó- todos iban en silencio hasta que Mariel, luego de subir una empinada lomada, dijo: “¡ahí están!” y luego se perdió. “Cuando alcancé la cima de la loma vi entre 12 y 15 buques y pensé: Dios, de aquí no sale nadie”, confesó con el mismo asombro del aquel día.

    “El Tucu” precisó que en ese momento perdió de vista a sus compañeros; aceleró y se lanzó, rasante sobre el agua, como un halcón, mientras los ingleses respondieron disparando con misiles y cañones antiaéreos.
    Señaló que entre tantas embarcaciones decidió apuntarle al “grandote”. Su objetivo habría sido el Sir Lancelot o el Sir Tristam, dos naves de desembarco.

    “Boom, boom, boom, era lo único que escuchaba”, recordó Cervera. Le dispararon sin cesar, pero no lograron alcanzarlo porque venía rasante a la altura del casco.
    “El Tucu” siguió su relato, mientras sus manos tomaron un palanca imaginaria e inclinó su cuerpo como si estuviera de nuevo viviendo esos segundos interminables.
    “Yo sólo estaba ciego en mi objetivo y cada vez me pegaba más al agua, a 1.000 kilómetros por hora”, añadió.

    En ese momento, otro avión se le cruzó al frente y casi chocan. “Cuando llegué al buque, vi que tenía aberturas y pensé que estaba roto. Hasta que estuve más cerca y me di cuenta que así era su diseño”, contó.
    “Vi la cubierta encima mío y en ese momento tomé altura y disparé la bomba. Y le entré seguro”, afirmó, mientras con un paquete de cigarrillos y un encendedor representaba la riesgosa maniobra que había realizado para hacer blanco.

    Se enteró después que la bomba no explotó, debido a que necesitó más tiempo para detonar, antes de hacer impacto.
    Según la Fuerza Aérea Argentina, el artefacto perforó la nave y quedó en la sala de máquinas. El barco terminó varado y debió ser evacuado y los ingleses perdieron el equipo embarcado.
    Cervera, luego de revivir un momento decisivo en su vida y en la vida del país, sacó otro cigarrillo y le dio una profunda pitada.
    Después invitó al periodista a compartir la cena junto a su familia, que se extendió hasta la medianoche, y en esa mesa Tucumán fue el tema excluyente.


    Luis Alberto Cervera


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    El dolor por los amigos que quedaron en el sur

    El escuadrón de los aviones A4B Skyhawk perdió ocho pilotos en combate. Los tucumanos afirmaron que ellos nunca se rindieron y reivindicaron a los veteranos de Malvinas.

    En la guerra de Malvinas, fueron derribados 10 A4B Skyhawk y ocho pilotos murieron en combate.
    Tristeza, miedo y angustia se mezclaban en un coctel de sentimientos cuando no regresaban los pilotos de las misiones. Cervera recalcó que uno de los peores momentos de la guerra fue cuando se enteraba que un compañero fue derribado.“Te pone muy mal, nervioso y te angustia saber que derribaron a uno de tu grupo. Y sí al otro día tenías que salir, esa noche no dormís”, señaló mientras pita profundamente un cigarrillo.
    “Los compañeros que murieron en combate me siguen provocando muchas lágrimas”, expresó “El Tucu”. Agregó que aún sufre cuando se encuentra con las viudas y los hijos de los pilotos caídos. Destacó que se siente orgulloso de haber cumplido con su deber en Malvinas. “Hice lo que hice por algo muy profundo que siento: el amor a la Patria y eso poca gente lo entiende”, remarcó.
    “Lo único que te apuntala para seguir adelante es la familia, sólo ellos te entienden y acompañan cuando te bajoneás“, concluyó. El capitán (r) Zelaya aún recuerda, como hace 25 años, a los mecánicos llorando en la pista porque del grupo de ocho pilotos que salió dos horas atrás, sólo regresaron cuatro.
    “El Trucha” Varela nació un martes 13, pero consideró que es un hombre de buena suerte, porque superó siete misiones, como jefe de escuadrilla. “Nunca me derribaron un piloto”, afirmó con orgullo en la entrevista.

    La rendición
    El 14 de junio llegó la noticia de la rendición. Zelaya contó que le quedó la sensación que hicieron “mucho por nada”. Mientras que Cervera dijo que le dolió en el alma, porque quería seguir defendiendo a la gente que estaba en la isla. “Uno superaba el miedo pensando en los soldados que los estaban haciendo pelotas”.
    “El Tony” recordó que la tensión no se disipó porque tuvo que regresar varias veces a San Julián debido a que quedaron en estado de alerta. “No hubo tiempo para empezar a ver todo lo que pasó, para recomponer, para llorar, porque tuvimos que seguir con la actividad normal”, sostuvo el tucumano.
    A 25 años de la guerra que lo marcó en su carrera profesional, Zelaya busca reinvindicar a los veteranos. Él asegura que se debe separar la política del combate en sí: “soy un luchador que quiero reinvindicar como veterano y ex combatiente lo que fue la guerra para nosotros”, aseguró el comodoro (r).
    Sostuvo que el trabajo realizado por los pilotos y el personal de la Fuerza Aérea Argentina demuestra que no todo fue miseria y cobardía en la guerra de Malvinas, como hoy, opinó, se reflejan en películas argentinas. Dijo que se siente tranquilo por el profesionalismo exhibido en el conflicto bélico por el reconocimiento expreso de los militares ingleses.


    CON LOS AMIGOS. Desde la izquierda, alférez Vázquez (fallecido en combate), alférez Dellepiane (hoy comodoro), vicecomodoro Douburg, teniente Arraráz (fallecido en combate) y el capitán Zelaya.


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    El miedo fue el principal enemigo durante la guerra

    La valentía de los pilotos argentinos fue admirada por el mundo. A 25 años del conflicto, ellos cuentan cómo superaron el temor de enfrentarse a la muerte.

    El miedo es algo inherente al ser humano y durante una guerra, puede paralizar hasta al más valiente. “Hubo de todo, gente muy valiente que ha superado el miedo y gente que no lo pudo superar”, reveló Antonio Zelaya. Precisó que cuando iba a combatir “era como estar en un trapecio sin red”.
    “Miedo se siente, porque el que no lo siente es un loco. Hay que tener la suficiente fortaleza para superar ese miedo y cumplir la misión”, sostuvo Luis Cervera y aclaró que no fueron kamikases. Remarcó que a ellos los movilizaba otro sentimiento y contó una anécdota que lo resume. Recordó que en la misión del 13 de junio se acercó a su avión el teniente Hugo Sánchez y le dijo: “‘Tucu’ dejáme salir a mi... dame tu avión que me quiero vengar”.
    Sánchez, en el ataque al Sir Gallahad y al Sir Tristam, el 8 de junio, había perdido a tres hombres de su escuadrilla. En aquella jornada negra, regresó solo a la base aérea. “‘Vos estás loco... ya saliste, ahora dejame salir a mí’, le contesté porque también quería vengar a los amigos muertos”, aseguró el militar.
    Carlos Varela afirmó que lo más difícil fue salir en la primera misión porque “iba a lo desconocido”. Reveló que en esa oportunidad, la escasa visibilidad le jugó una mala pasada. “Cuando estuve cerca de las islas, en vuelo rasante, vi una gran silueta e inmediatamente pensé que era una fragata”, relató. En ese momento decisivo, las emociones lo invadieron. “Me pasó toda mi vida en segundos, como si fuese una película. Desde que nací hasta ese momento, junto con mi esposa y con mis hijas. Llegué a pensar que no las vería más. Hasta que la película terminó, miré para adelante y seguí”, detalló. Pero cuando se preparó para atacar, se dio cuenta de que sólo era una inmensa piedra.
    “Miedo, creo, tuvimos todos. Pero una cosa es tenerlo y superarlo, y otra cosa es estar aterrado o bloqueado. Son dos cosas distintas”, aclaró “El Trucha”. Sostuvo que después de la primera misión, superó el miedo y que sólo temía no dar en el objetivo. Y que también quería regresar para vengar a los compañeros derribados por los ingleses.
    “Muchos extranjeros nos preguntaban cómo hicimos (para superar el miedo durante la batalla), porque creían que nos drogábamos”, señaló Varela. “Ellos nos decían que muchos pilotos que participaron de las guerras se dopaban porque era la única manera de vencerlo. Pero en Malvinas ninguno se drogó ni tomó alcohol para cumplir las misiones”, aseguró.


    EMBLEMA. Cervera guarda el escudo del escuadrón y las medallas que recibió como veterano de Malvinas.


    DE GUARDIA. Cervera toma mate en la sala de pilotos junto a otros compañeros del escuadrón.


    DESPUES DE LA GUERRA. Cervera fue designado al escuadrón de los Mirages en Morón, provincia de Buenos Aires.

    RECUERDOS: Luis Alberto Cervera guarda libros, medallas y un avión en miniatura.
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    Una sola bomba terminó con el destructor inglés Glasgow

    Zelaya participó del ataque. Su escuadrilla perdió un piloto, que, por equivocación, fue derribado por la artillería argentina. A 25 años.

    El 12 de mayo, el Comando Sur ordenó la partida de ocho aviones para atacar dos fragatas cerca de Fitz Roy. Despegó primero una escuadrilla a cargo del primer teniente Manuel Bustos y otra bajo las órdenes del capitán Antonio “El Tony” Zelaya. Lo acompañaron Juan Arrarás, Fausto Gavazzi y Guillermo Dellepiane.

    LA GACETA localizó al ahora comodoro (r) en Córdoba, donde vive junto con su familia. En diálogo telefónico recordó que ese día, cerca de las islas, el sistema Omega, mediante el cual se orientaba, falló y se perdió porque no conocía la zona. En ese momento, la primera escuadrilla divisó y atacó al destructor Glasgow y a la fragata Brilliant. De los atacantes, sólo sobrevivió un A4B.

    Zelaya indicó que cuando llegó a la costa se encontró de frente con las dos veloces naves y que su escuadrilla tuvo que superar un fuego intenso de las cañones antiaéreos.
    El capitán, Arrarás, y Gavazzi atacaron al Glasgow y Dellepiane apuntó a la Brilliant. La Fuerza Aérea Argentina (FAA) precisó en su página web que la bomba arrojada por Gavazzi entró por la línea de flotación del Glasgow. De acuerdo con el relato del almirante Clark H. Woodward, según la FAA, la bomba causó dos agujeros, por donde se coló el agua y dejó fuera de servicio al destructor.

    Luego de atacar los buques pasaron cerca la Pradera del Ganso, en la isla Soledad. Sin saberlo, estaban en una área roja y la artillería derribó a uno de ellos.
    Zelaya reveló que un colega, que estuvo en la zona, le contó que la artillería tuvo su nave en la mira. “En ese momento me di cuenta de que estaba en rumbo 340, cuando tendría que estar en 270. Además, vi un brillo sospechoso y decidí cambiarlo”, destacó.

    Esa determinación le salvó la vida, pero no pudo evitar que uno de sus pilotos cayera en la trampa. “Gavazzi, que venía más lejos, no se dio cuenta y siguió derecho. Entonces el radar lo enganchó a él, le dispararon y lo derribaron”, detalló. Pero, a pesar del error fatal, Zelaya no les guarda rencor.
    “Recuerdo que el alférez comenzó a los gritos por la radio: ‘lo bajaron al tres, lo bajaron al tres’. Y le dije: ‘¡cállese la boca, siga volando... búsqueme y forme!’”, comentó desde su casa en Córdoba.

    El alférez Dellepiane estaba cerca de Gavazzi y presenciar esa escena impactó al joven oficial. Finalmente, llegaron a la base de Río Gallegos. Pero, cuando aterrizó, Zelaya dijo que se enteró de que habían muerto otros tres pilotos. Aseguró que no puede olvidar a los mecánicos llorando en la pista, porque de los ocho aviones sólo habían regresado cuatro.


    VILLA REYNOLDS. Zelaya (primero desde la izquierda), y Cervera antes de la guerra.


    Un Abrazo
    Albert82
    Editado por última vez por El Rayo; https://www.aviacionargentina.net/foros/member/340-el-rayo en 16/03/2010, 14:40.

  • #2
    Respuesta: La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas

    Que emocion carajo.

    No sabes que sentir. se te pega un lagrimon y cuando lo lee pensas como lo habra vivido el piloto .

    que grande. loco me voy contento y que buen post
    sigpic
    con su mirada de asombro, su incertidumbre, sus miedos, pero con la vocación intacta de querer pertenecer a la Fuerza Aérea

    Comentario


    • #3
      Respuesta: La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas

      Es un buen post, como "tucu" me siento orgulloso de esto.- Serìa conveniente conocer todos los pormenores vividos por nuestros aviadores; como asì de las otras fuerzas (Armada-Ejercito), naturalmente la pàgina es "Aviaciòn Argentina" y si alguièn màs puede aportar sobre las proezas de nuestros aviadores y del personal de apoyo de estos, (tàctico, abastecimiento, tècnico, etc.)- serìa fantàstico y asì lo damos a conocer a los que nos rodean, es historia y nuestros hijos deben conocerla.-
      Por favor reenviamela a la siguiente casilla: ferhdp@gmail.com - gracias

      Comentario


      • #4
        Respuesta: La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas

        La verdad no tengo palabras es cierto loco se te cae un lagrimon cuando lees todo esto es un orgullo saber que son ARGENTINOS "MALVINAS ARGENTINAS"
        sigpic

        No te des por vencido aun vencido y jamas abandones a un compañero caido en el "campo de batalla"
        B]Malvinas Argentinas

        Comentario


        • #5
          Respuesta: La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas

          QUE ORGULLO !!! tener a estos HEROES entre nosotros ,!!VIVA LA PATRIA !!
          esto lo encontre hoy en la nacion




          Villegas y Tríes en un cenotafio de Pilar, que es una réplica del cementerio de Malvinas
          Foto: LA NACION / Miguel Acevedo Riú
          Los aviones ingleses bombardeaban a toda hora o pasaban a baja altura y ametrallaban las posiciones. Los combates cuerpo a cuerpo se habían desatado a pocos kilómetros del vivac y llegaban noticias de que las refriegas eran sangrientas en San Carlos y en Darwin.

          Todos los días había "alerta roja", explotaban los misiles tierra-aire y la lluvia constante inundaba los pozos de zorro y los obligaba a levantar chozas con palos y chapas, enmascaradas con pasto.

          Así y todo, hasta al horror de la guerra se acostumbra el hombre: la Compañía A del 3 de Oro dejó al soldado Esteban Tríes de cuartelero y marchó alegremente a bañarse.

          El cuartelero recorría el campamento vacío cuando, de repente, oyó que alguien tiraba de la corredera de una 9 milímetros reglamentaria. Dentro de un pozo de zorro, un compañero tenía apoyado el cañón de su pistola en la sien.

          Video: una amistad que sobrevivió a la guerra

          Tríes había cumplido el servicio militar obligatorio en esa compañía del Regimiento de Infantería Mecanizado 3 de La Tablada. Antiguamente, sus oficiales llevaban una pechera amarilla y por eso es que todavía lo llamaban, con orgullo, "el 3 de Oro". Y cuando Tríes ya estaba trabajando afuera y estudiando ingeniería, el 8 de abril de 1982 recibió, en su casa de Villa Ballester, un aviso de reincorporación.

          Un negrazo valiente que vivía en González Catán y que había instruido a Tríes lo quería a su lado en la guerra: el sargento Manuel Villegas, conocido por su extrema dureza y, a la vez, por su extraña sensibilidad de hombre bueno.

          Sesenta días después, Tríes ya no era un simple conscripto que intentaba disuadir a un soldado de que no se volara la tapa de los sesos. Era un guerrero de Villegas con la responsabilidad de que no se perdiera ni un hombre ni una bala. Estuvo una hora entera tratando de que el soldado dejara la depresión, creyera que saldrían vivos de aquella guerra, soltara la pistola y saliera del pozo de zorro. Al final lo logró, y cuando Villegas regresó con el resto de la compañía no se dio cuenta de lo que había ocurrido. El soldado que había querido suicidarse en Malvinas entró luego en combate y fue herido, pero regresó entero a su casa. Y Tríes calló aquel pequeño pero grave incidente a pesar de que le debía lealtad total a su jefe, a quien había insultado por lo bajo durante la instrucción a raíz del rigor y fiereza con que Villegas los preparaba para la lucha. Pero con quien luego estableció una relación de respeto y afecto, y con el tiempo de amistad profunda. Villegas era duro pero jamás cruel ni arbitrario. Un líder nato seguido por una soldadesca capaz de acompañarlo hasta el mismísimo infierno.

          La Compañía "A" acampaba en medio de la nada, a varios kilómetros de Puerto Argentino. Nevisca, frío, hambre y tristeza. Y las detonaciones de las baterías enemigas cada vez más cerca. Villegas se parecía a aquellos sargentos de los westerns de John Ford: hombres con más corazón que odio. Su debilidad era otro soldado débil a quien todos llamaban Lupin, un huérfano total apellidado Serrezuela, que desde los siete años había vivido en el campo sin familia y sin destino, y a quien nadie jamás le había enviado una carta. A Villegas le daba lástima esa carencia. Así que le ordenó a un conscripto del grupo que le pidiera a su novia un favor: debía buscar a una amiga para que ésta escribiera de su puño letra una misiva dirigida a Lupin. Cuando se hacían los corros para recibir la correspondencia, Lupin se quedaba atrás descansando o cumpliendo tareas. Sabía que en ese rito deseado no había nada para él. Pero un día el encargado del correo voceó por primera vez su apellido: "¡Serrezuela!". Y entonces Villegas vio que Lupin ni siquiera se mosqueaba. Como si no lo hubiera oído. "¡Serrezuela!", repitieron varias veces. Y nada. Lupin miraba distraídamente el horizonte. Villegas lo enfrentó: "Che, boludo, ¿usted no es Serrezuela?". Lupin pareció regresar del más allá: "Sí, pero yo no recibo cartas, mi sargento. Debe ser un Serrezuela de otra compañía". Villegas tomó el sobre y se lo entregó. La cara de Lupin se transformó como si hubiera descubierto un tesoro. Abrió lenta y cuidadosamente el sobre, leyó esas pocas líneas dirigidas a él y a nadie más, y después arrugó la carta contra el pecho y caminó mirando al cielo: "Gracias, Dios míos, gracias, gracias".

          Eso no impidió que el sargento lo castigara con dureza por maltratar a su fusil, un pecado mortal en tiempos de batalla. El fusil es como la novia, soldado: se lo cuida, se lo mima y se lo lleva siempre consigo. No hacerlo equivale a poner en peligro a todos. Y Serrezuela no lo limpiaba y se lo olvidaba en cualquier rincón. Villegas no tenía forma de saber que Serrezuela le salvaría la vida cuando le impuso una tarea extenuante: vaciar de agua todos los días de la semana aquellos pozos de zorro. Una noche Lupin se acercó a la tienda de su jefe y pidió cruzar unas palabras con el sargento. Villegas salió al frío de mala gana, y entonces Serrezuela le dijo, en voz muy baja: "Máteme, mi sargento, yo no sirvo para esto, soy un estorbo. Pégueme un tiro; acá nadie se va a enterar que fue usted y nadie me va a extrañar". Villegas le pegó un abrazo de oso y le dijo: "Pedazo de hijo de puta, no digas eso". Se lo dijo con los dientes apretados y conteniendo las lágrimas.

          No le gustaba a Villegas mostrar los sentimientos. Ni las flaquezas. A nadie había contado que cuando eran atacados el 1° de mayo por las ráfagas inglesas el sargento más bravo había empezado a temblar como una hoja. Por suerte, su tropa no lo había visto en esos renuncios, pero a partir de esa vergüenza íntima el sargento cargaba su propio calvario. Le rezaba todas las noches a Dios para que le diera temple en el combate y para que pudiera llevarse de este mundo a cuatro o cinco enemigos antes de morir. No rezaba para salvarse. Rezaba para irse al otro barrio con los honores que siempre había soñado.

          A las dos de la madrugada del 14 de junio, el 3 de Oro recibió la orden de cargar armamento y municiones y avanzar sobre el cerro Tumbledown, vadeando el arroyo de Moody Brook. Se combatía en todas partes, y ese riacho no era muy ancho pero resultaba profundo y traicionero. Había luna llena y el cielo estaba lleno de rumores, bengalas, luces de misiles y toda clase de fuegos artificiales cuando Villegas y sus hombres se metieron en el agua y cruzaron dificultosamente con los fusiles en alto. Llegaron con frío y sin fuerzas a la otra orilla, pero escucharon la orden "¡A lo gaucho, carrera march! ¡Viva la Patria, carajo!". Y se pusieron de pie y empezaron a escalar el monte lleno de rocas. Villegas, contra lo aconsejable, iba delante de todos trepando por esa ladera escarpada, cuando desde arriba los haces de luz de dos fusiles M16 con mira infrarroja le resbalaron por el cuerpo. Saltó en un segundo hacia el costado y evitó un proyectil, pero el segundo le entró por el abdomen y le estalló en el hueso de la cadera.

          Villegas se tomó la panza y vio que le salía sangre a borbotones y que comenzaba a arderle como si le hubieran arrojado encima dos paladas de brasas de carbón. "Tiren -les gritó a sus soldados-. Tiren que están escondidos detrás de esas rocas." Tríes no podía disparar sin correr el riesgo de balear a su propio sargento. "Córrase, que le voy a pegar", le gritó entre las piedras. "Tire igual que yo ya estoy listo." Como Tríes y Serrezuela no le hacían caso, Villegas se estiró para agarrar el fusil y entonces el francotirador le atravesó una mano de otro balazo. El inglés podía eliminarlo, pero prefería dejarlo fuera de combate. No tanto quizá por razones humanitarias sino por cuestiones estrictamente operativas: el manual indica que un herido ocupa a dos o tres soldados, y que hace más daño eso que matar lisa y llanamente a un enemigo.

          Tríes le dijo a Serrezuela: "Vamos a buscarlo". El sargento se empezó a sacar el correaje y le gritó: "Tríes, quedate porque te va matar". Tríes y Serrezuela se miraron en la oscuridad. Luego se incorporaron, arrojaron ostensiblemente los fusiles al suelo y levantaron las manos. Subieron en esa posición audaz quince metros hasta su jefe, lo tomaron de los brazos y lo bajaron hasta el lugar donde se habían parapetado. El inglés que los tenía en la mira dejó que hicieran todo eso sin apretar el gatillo. Villegas pedía desesperadamente agua. Tríes le dio una botellita de whisky y le llenó la boca con trozos de nieve. Había que retroceder ya mismo. "Tríes -lo llamó Villegas-. No creas que me pongo en héroe, pero quiero que le avises a mi familia que me quedo acá. Contales de la forma que les duela lo menos posible, ¿sabés? A mí mujer decile que lamento no haberme casado con ella y a mi nena de tres años decile que, decile." En ese momento se fue en llanto. Pero se contuvo. Lo agarró a Tríes de la solapa y le dijo, en un hilo de voz: "Meteme un tiro. Son ocho kilómetros hasta el pueblo. Yo ya estoy listo. Meteme un tiro, no me dejés sufriendo".

          El soldado parpadeaba, anonadado por la orden. De pronto se rehizo y le dijo: "De ninguna manera, usted me debe un asado". Y entonces Lupin y Tríes agarraron al sargento, que pegaba alaridos de bronca y se resistía, le hicieron sillita de oro y lo pasaron por un pequeño puente sin que ningún inglés les disparara, mientras el combate seguía atrás y se tornaba cada vez más virulento. La marcha de esos dos soldados llevando al sargento herido en la noche de luna llena fue penosa. Caminaron y caminaron, y Villegas perdió sangre y conciencia, y al final lograron encontrar una ambulancia. Subieron los tres y el chofer trató de llevarlos hasta el hospital de campaña, pero había demasiado hielo, resbalaron y volcaron en una cuneta. Salieron como pudieron de entre los hierros y siguieron adelante. Llegaron con el último aliento a ese hospital lleno de amputados y heridos, y le entregaron el cuerpo maltrecho de Villegas a los cirujanos. El sargento escuchó a uno de ellos que decía: "Le queda poco". Villegas alcanzó a decirles que no lo amputaran, que lo durmieran para siempre. Al despertarse, varias horas después, vio a varios ingleses con fusiles en la mano. "No entiendo nada", susurró. Un enfermero le respondió: "No te preocupes, ya se arregló todo". Villegas seguía sin comprender. "Nos rendimos, macho -le aclararon-. Nos rendimos." Y Villegas se echó a llorar.

          Tríes y Serrezuela ayudaron a los heridos y se acoplaron a otras tropas. Tríes recuerda que iban corriendo por Puerto Argentino y que las casas explotaban a su lado. También que algunos soldados comentaban los maltratos y las defecciones y cobardías de algunos jefes. Regresaron a casa en el Camberra y se separaron para siempre en El Palomar. Eran fruto de una causa amada y luego aborrecida, venían derrotados y su karma era la marginalidad y el olvido.

          El sargento regresó en un buque hospital. Tríes hizo lo que los superiores de su sargento no hicieron: lo visitó en el hospital de Campo de Mayo, donde Villegas estuvo un año y medio internado. Pero lo vio tan amargado y tan mal, que no quiso volver. Tampoco quiso hablar de Malvinas. Estuvo veinte años vendiendo autos, haciendo negocios en el nefasto sube y baja económico del país y eludiendo prolijamente las anécdotas del pasado. Un día hizo un clic y lloró por primera vez, y comenzó a reencontrarse con los veteranos y a buscar a Villegas, que después de la kinesiología y de años y años de asistencia psiquiátrica, le decretaron un 45% de incapacidad y lo borraron de la carrera. El viejo sargento estaba resentido con el Ejército: se fue a trabajar de chofer de colectivos y de remisero. Tuvo hijos y nietos. Y ya de grande quiso reencontrase con Tríes. Lo buscó por Castelar y finalmente lo encontró. Poco después los sacaron a los dos por la radio y hablaron por primera vez de lo que habían vivido en el cerro Tumbledown, en el arroyo de Moody Brook y luego en aquel monte siniestro donde los francotiradores ingleses estuvieron a punto de borrarlos del mapa.

          Desde ese cruce se hicieron íntimos amigos. Asistieron juntos a escuelas a dar charlas, ayudaron a los veteranos más desvalidos, presentaron a sus familias, y comieron muchos asados. Hay un afecto especial entre ellos. Esa clase de sentimiento entre hermanos que florece solamente en la trinchera y en la solidaridad del dolor.

          Un día, sin embargo, Villegas le dijo a Tríes que tenía una asignatura pendiente: encontrar a Serrezuela y explicarle por qué lo había castigado tan duramente en aquellas vísperas. Le debía esa explicación además de deberle la vida. Lo rastrearon a Lupin por toda la provincia de Buenos Aires, y sólo tuvieron una pista firme en el velatorio de un ex soldado. "Tenemos a un Serrezuela en Olivos -les dijo un veterano-. Pero apúrense porque tiene cáncer de pulmón y se está muriendo."

          Hacía quince días que no se levantaba de la cama ni se afeitaba. Tríes le avisó a su esposa que él y Villegas lo visitarían esa tarde. La cita era a las dos, y Lupin hizo un terrible esfuerzo para levantarse, bañarse y pegarse una afeitada. Estuvo sentado en una silla esperándolos a los dos, que se atrasaron y recién pudieron llegar a las cuatro de la tarde. Les caían las lágrimas a los tres. Lupin lo llamaba "mi sargento", a pesar de que Villegas ya no tenía cargos ni ganas de tenerlos. "Usted va a ser siempre mi sargento -le dijo aquel huérfano congénito-. Usted ha sido mi papá." Villegas tragó saliva y le respondió: "Yo vengo a pedirte disculpas, Lupin, y a explicarte por qué te castigué aquella vez". No hacía ninguna falta, pero se quedaron hablando horas y horas de aquellos tiempos en los que fueron gloriosamente vencidos.

          El viernes de la semana siguiente repitieron la visita, pero esta vez Lupin no pudo levantarse de la cama. "Esta noche me voy", les dijo, y lo sacaron carpiendo. Al día siguiente, cuando Villegas cruzaba un peaje, sonó su celular. Era la mujer de Serrezuela: acababa de morir. Dio la vuelta, llamó a Tríes y llegaron cuando el cadáver todavía estaba tibio. En el velatorio, los veteranos de la zona pedían hablar con Villegas y abrazarlo como si fuera el sargento Cabral. Lupin les había hablado durante veinte años de aquel héroe personal que los había guiado durante sesenta días de sangre y fuego.

          Acaban de filmar un documental con las odiseas calladas de este puñado de hombres. Su título es significativo: "14 de junio: lo que nunca se perdió".

          En noviembre la esposa de Villegas lo llamó a Tríes para decirle que el viejo sargento había sufrido un golpe de presión y que no podía hablar bien. El viejo soldado sacó el auto y condujo a gran velocidad por el conurbano hasta encontrar a Villegas. Lo subió de apuro y apretó el acelerador por la autopista en busca del Hospital Militar. "Otra vez llevándote a un hospital, sargento -le dijo Tríes-. La puta madre, ya me estoy cansado de andar salvándote la vida." Comenzaron a reírse.

          Todavía se están riendo.

          Los personajes
          MANUEL VILLEGAS Y ESTEBAN TRIES
          Veteranos de la guerra de Malvinas


          Datos personales: Villegas es padre de tres hijos y abuelo de dos nietos. Tríes es padre de dos hijos. El primero trabajó de colectivero y remisero. El segundo es comerciante y tiene un programa de FM dedicado a los ex combatientes.

          Dónde lucharon: cerca de Puerto Argentino. Pertenecían a la Compañía A Tacuarí del Regimiento Mecanizado 3 de La Tablada. También llamado "el 3 de Oro". Cruzaron el arroyo de Moody Brook y combatieron en Wireless Right.

          Qué pasó: el sargento cayó herido y le pidió al soldado que lo matara. Pero éste, con ayuda de otro conscripto, lo sacó de esa situación y le salvó la vida. Se hicieron íntimos amigos. Dicen que el 14 de junio de 1982 se perdió una guerra, pero no el coraje ni los ideales ni el honor.
          fuente
          Rescatando al sargento Villegas - lanacion.com
          saludos

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          • #6
            Respuesta: La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas

            Emotivo y patriótico relato, gracias por traerlo acá!!!

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            • #7
              Respuesta: La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas

              Antes de acostarme pase por esta seccion... la verdad que se me puso la piel de gallina, me lleno de horgullo, y como tambien de una profunda congoja.

              Mis respetos a mis HEROES ARGENTINO!
              Mis Respetos a mis HEROES ARGENTINOS CAIDOS!
              MIS RESPETOS A TODA LAS FAMILIAS DE COMBATIENTES!
              y mis GRACIAS por dar lo que dieron y lo que siguen dando!!!

              PATRIA DIOS; PATRIA DIOS; PATRIA DIOS.!
              VIVA LA PATRIA CARAJO!

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              • #8
                Respuesta: La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas

                El primero ya lo conocia pero igual lo puedo leer millones de veces el segundo no ,la verdad que muy emotivos, esto se debe enseñar en las escuelas!
                "Prefiero ser un reloco antes de ser un recuerdo"

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                • #9
                  Respuesta: La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas

                  Emotivo relato yo la primera vez que lo leo y una lagrima se me escapo por un momento me imaginaba esa situacion de combate QUE ORGULLO es cierto se deberia enseñar en las escuelas.
                  Slds.Gente
                  sigpic

                  No te des por vencido aun vencido y jamas abandones a un compañero caido en el "campo de batalla"
                  B]Malvinas Argentinas

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                  • #10
                    Respuesta: La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas

                    sacarse el sombrero.... que groso poder conocer a estos "SEÑORES" en persona....
                    ojala algun dia pueda... tengo contacto con algun que otro ex comb. por razones laborales pero nadie te habla del tema...

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                    • #11
                      Respuesta: La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas

                      fue Cervera? ,sino me equivoco quien despues de un ataque ala flota inglesa, y al cual le tiraron con todo el pobre se asusto de su propia sombra , la cual penso era un harrier que lo seguia .
                      SIN SANGRE NI LAGRIMAS,JAMAS HABRA GLORIA

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                      • #12
                        Respuesta: La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas

                        Estimados lectores, soy hijo de uno de estos tucumanos. Realmente me llena de orgullo serlo, no solo x lo q hicieron en el conflicto, si no x como es personalmente. Si todas las personas pensaran como ustedes lo hacen, todos los ex combatientes (creo) serian realmente heroes y no personas casi olvidades x la sociedad y el estado. Mucha gente piensa q la gerra la generaron los q si estuvieron en el conflicto, y algunos hasta los ven con cara rara. Sin pensar q realmente los q si decidieron entrar en conflicto estaban muy comodos en oficinas de la capital. X mi parte cada vez q me pongo mi campera, en la cual llevo una bandera con las islas; trato de rendir honor a toda la gente q estuvo en la guerra, aunque algunos se enojen x q uso el distintivo. En nuestro pais son mas reconocidos los campeones mundiales de futbol, los tenistas, los cantantes, (sin desmerecer a estos) q personas q dejaron todo x su pais, hasta muchos murieron x el. Espero q ningun lector se ofenda. Y sigan cultivando la Historia Argentina Moderna. Hasta luego.

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                        • #13
                          Respuesta: La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas

                          Estimado buenas tardes Bien venido y es bueno saber que hay aca un HIJO DE UN HEROE,Slds.y para usted y su Flia.
                          sigpic

                          No te des por vencido aun vencido y jamas abandones a un compañero caido en el "campo de batalla"
                          B]Malvinas Argentinas

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                          • #14
                            Respuesta: La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas

                            Es un placer compartir este tema para conocer más a nuestros pilotos que combatieron por un trozo de patria argentina usurpada por los británicos.

                            Un abrazo Patriota
                            Albert82

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                            • #15
                              Re: La historia de los pilotos tucumanos que combatieron en Malvinas



                              En el día de la hoy nos ha dejado el Capitán Carlos "TRUCHA" Varela. Nuestro mas sentido respeto a sus familiares
                              Honor y Gloria a nuestro querido héroe!!!!!

                              "Antes sacrificaría mi existencia que echar una mancha sobre mi vida pública que se pudiera interpretar por ambición".José de San Martín

                              Comentario

                              Trabajando...
                              X