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Grupo de Oficiales Unidos

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    Al Filo de Dos Epocas



    Izquieda Nacional
    OSVALDO CALELLO


    La irrupción de una logia militar secreta, conocida como GOU (Grupo de Oficiales Unidos) en la política nacional durante los primeros años de la década del 40, fue la expresión palpable de la crisis orgánica que conmovía a la sociedad semicolonial; marcó el fin de una época y señaló el inicio de otra, impulsada por las fuerzas sociales emergentes que se habían desarrollado a lo largo de los años 30, y no tenían cabida en el marco de la vieja república oligárquica.

    El GOU se constituyó formalmente el 10 de marzo de 1943, pero los trabajos de organización de la logia databan de un año atrás. Su antecedente es el acuerdo del presidente Castillo con oficiales nacionalistas del ejército en octubre de 1941, que le permitió mantener durante alrededor de un año y medio la política de neutralidad durante la guerra mundial. El núcleo que inicialmente se comprometió en su constitución estuvo integrado por ocho oficiales, incluido Perón. Los propósitos declarados de la organización combinaban la necesidad de precaverse frente al peligro de un avance de comunismo, con la resolución de resistir la presión del gobierno norteamericano para que el país entrara en el conflicto, alineado en el bando aliado. A estas determinaciones se sumaba la decisión de no permitir que el Ejército quedara sujeto al juego de intereses políticos. El anticomunismo coincidía en algunos de sus integrantes con una fuerte simpatía hacia el nacional socialismo alemán y el fascismo italiano, mientras que la negativa a sumarse a los planes del imperialismo norteamericano, acentuaba la posición neutralista ante la guerra. El definitiva, el factor ideológico cohesionante del grupo era el nacionalismo, afirmado en el concepto de soberanía nacional.

    Hasta después de los acontecimientos del 4 de junio de 1943 la logia revistió un carácter secreto y se organizó en torno a una estructura altamente centralizada. De los veinte jefes que integraron su primer estado mayor, tres revestían el grado de coronel, más de la mitad eran tenientes coroneles, tres eran mayores y uno capitán, todos con destinos en guarniciones de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires. La mayoría de ellos eran jefes del Estado Mayor, sin mando de tropa, por lo que la tarea inmediata fue ganar adhesiones entre la joven oficialidad. Quienes ingresaron después del 4 de junio se juramentaban a defender el régimen militar y a denunciar a los enemigos de la organización, por lo que el GOU obraba, a la vez, como una red de inteligencia dirigida a controlar al cuerpo de oficiales. El círculo se cerraba con la exigencia de una solicitud de retiro del servicio activo, que estaban obligados a firmar, sin fecha, los nuevos adherentes.

    El GOU jugó un papel gravitante en los primeros meses del gobierno militar surgido del levantamiento del 4 de junio. De los diecisiete oficiales que la noche anterior decidieron el golpe en la Escuela de Caballería de Campo de Mayo, la tercera parte pertenecía a la logia. Sin embargo su carácter minoritario no le impidió tomar el pulso de los acontecimientos y determinar, a poco andar, el rumbo que estos habrían de seguir. De esa reunión participaron tanto oficiales nacionalistas como liberales, neutralistas como aliadófilos, entre los que no había acuerdo alguno sobre la orientación que debían seguir el futuro gobierno; en realidad el punto ni siquiera había sido discutido, sólo contaban los aspectos militares. Tampoco en el GOU ocupaba espacio en el orden del día la discusión política, sin embargo los cuatro coroneles que integraron de hecho una suerte de cuerpo ejecutivo en las semanas posteriores al 4 de junio, Emilio Ramírez, Enrique González, Eduardo Ávalos y Juan Perón, tenían en claro, especialmente este último, los pasos a seguir. El GOU, que en el comienzo del gobierno del general Ramírez seguía siendo una organización secreta, se consolidó en el aparato gubernamental y militar, ubicando a sus cuadros en posiciones gravitantes, al tiempo que desbarataba los planteos contra el ministro de Guerra, Edelmiro Farrell y el secretario de esa cartera, el coronel Perón, cuyas ambiciones políticas comenzaron hacerse evidentes y a despertar resistencias al poco tiempo.

    El GOU fue disuelto a fines de febrero de 1944 por orden de Farrell y Perón, tras la decisión del gobierno a fines de enero de romper relaciones con Alemania y Japón, presionado por la diplomacia británica en cuyo poder habían caído documentos comprometían al coronel González, al general Alberto Gilbert, ministro de Relaciones Exteriores interino y, especialmente, al presidente Ramírez, involucrados en una gestión de compra de armas ante el Tercer Reich.

    Por aquel entonces el poder y militar presentaba los rasgos característicos de un régimen de excepción (predominio absoluto del órgano ejecutivo sobre el resto de las ramas estatales, y control estricto de partidos políticos, sindicatos, universidad, prensa, iglesia y otros aparatos ideológicos). Sobre el núcleo gubernamental se concentraban las tensiones de una sociedad cuyas instituciones tradicionales estaban clausuradas o seriamente limitadas. Precisamente el aumento de esas tensiones fue lo que hizo estallar al GOU, ubicado en el centro de gravedad del poder, y dividido por la decisión de romper relaciones con los dos países del Eje que se mantenían en la contienda. La casi inmediata firma del Acta de Chapultepec y la declaración de guerra contra esos países, consecuencia de ese compromiso, le dio a la ruptura un carácter definitivo.

    Sin embargo, ese estallido no significó el fin de la acción política de los cuadros que dentro de la logia se habían alineado en torno a las posiciones del coronel Perón, fracción que terminaría otorgando un nuevo sentido a la formulación nacionalista original, y desempeñaría un papel relevante en la solución de la crisis de poder que habría de desarrollarse entre abril y octubre de 1945.

    Se ha dicho que durante su existencia, el GOU hizo las veces de partido de la burguesía industrial. A comienzos de 1943 era evidente que estaba en pleno curso una crisis de hegemonía que había limitado drásticamente las posibilidades de los círculos dirigentes de asegurar la continuidad el viejo modelo agroexportador, y mantener intacto el poder del bloque constituido por la oligarquía terrateniente y la burguesía comercial y financiera, en alianza con el imperialismo inglés. El general Justo, proclamado candidato a presidente en la Cámara de Comercio Británica en diciembre anterior, había muerto en enero. Antes habían desaparecido los ex presidentes Ortiz y Alvear, figuras necesarias para facilitar una salida liberal al régimen de la década infame. Justo era, en consecuencia el único jefe político en condiciones de organizar una alianza electoral, uniendo al ala liberal de la Concordancia gobernante, o al menos los restos de antipersonalismo y el Partido Socialista Independiente, con la Unión Cívica Radical, cuyo Comité Nacional estaba dominado por el alvearismo, la democracia progresista y el Partido Socialista. La práctica conservadora del “fraude patriótico” estaba agotada y era necesario un gobierno que surgiera de comicios relativamente limpios, con el consenso necesario para alinear el país junto al bando aliado, como pretendía la administración norteamericana.

    Las cosas ocurrieron de otro modo. Cuando el presidente Castillo anunció que el candidato del oficialismo sería el conservador Robustiano Patrón Costas, todo el país supo que una vez más la práctica del fraude sería la que decidiría el resultado de las elecciones. La mayoría de la oficialidad de las fuerzas armadas, tanto los sostenedores de la neutralidad como los partidarios de los países aliados, no estaba dispuesta a avalar semejante salida. En realidad, ni la frustrada candidatura de Justo, ni la de Patrón Costas tenían posibilidades de abordar los problemas y exigencias que afrontaba el país en los primeros años de la década del 40. Hacia ya alrededor de diez años que el proceso de industrialización sustitutivo de importaciones había dado nacimiento a fuerzas sociales —un pequeño y mediano empresariado fabril y nuevas capas obreras vinculadas al mercado interno— que no tenían representación alguna entre las fuerzas tradicionales de la república oligárquica.

    Junto a esta quiebra de la representatividad institucional, una corriente de ideas nacionalistas e industrialistas reflejaba el nuevo clima cultural que se vivía por entonces. Las publicaciones Tribuna y Reconquista, pero también la Revista de Economía Argentina, fundada por Alejandro Bunge en la década del 20, Argentina Fabril editada por la Unión Industrial, así como la presencia de oficiales del Ejército en el centro de conferencias de esa central, constituían un anticipo de los cambios que se avecinaban. A su modo, el régimen militar, bajo una fuerte influencia del GOU, expresó los intereses de un nacionalismo burgués emergente ante la presencia de una burguesía nacional, débil, contradictoria, carente de una conciencia que superase el horizonte de sus intereses meramente corporativos. Las medidas de ese régimen dirigidas a desmontar los mecanismos del Pacto Roca-Runciman de 1933, como la nacionalización del Banco Central y de la Corporación de Transportes de Buenos Aires, así como la estatización de la Compañía Primitiva de Gas y de las empresas telefónicas del interior dependientes del trust americano Electric Bond and Share, o la creación de las secretarías de Trabajo y Previsión y de Industria y del Banco Industrial, y el fortalecimiento de Fabricaciones Militares, revestían un significado progresivo, más importante que los aspectos reaccionarios que le imprimían a la dictadura militar nacionalistas oligárquicos como el general Perlinger o el ministro de Justicia e Instrucción Pública, Martínez Zubiría.

    Disuelto el GOU, la fracción que encabezaba el coronel Perón se hizo cargo de ese programa nacionalista e industrialista. Perón entendió como ninguno los realineamientos de clase que se estaban produciendo en lo profundo de la sociedad argentina. En medio de una profunda crisis del régimen militar, buscó primero una alianza con el ala intransigente de la UCR encabezada por Amadeo Amadeo, último reducto afín al viejo yrigoyenismo, y luego, ante el rechazo de éste, encontró en la clase trabajadora el punto de apoyo más sólido para poner fin a una época y abrir un ciclo ascendente en la vida nacional.
    Editado por última vez por FENIX; https://www.aviacionargentina.net/foros/member/17-fenix en 05/07/2009, 05:24.
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